Por la contaminación, la pesca comercial indiscriminada y el cambio climático, se nota la falta de peces en el Paraná y la cuenca del Plata en general. Cómo la naturaleza recupera lo que el hombre destruye y cuáles son las especies en peligro de extinción.

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Por Néstor Saavedra

Si bien no hay un historial del control de stock de peces del río Paraná, sabido es que la población ha disminuido considerablemente. A eso nos ayuda la revisión de la historia de la pesca deportiva, la pesca comercial y hasta algunos relatos de simples observadores.

A mitad del siglo XIX, Marcos Sastre contaba en su libro “El Tempe argentino” que en el Delta del Paraná cercano al Tigre se pescaban manguruyúes de 50 kilos, pacúes de 10, surubíes de 15 y dorados de 10. Hoy día, las dos primeras especies no llegan a estas latitudes y las últimas no alcanzan ni de cerca los pesos indicados en 1858.

Los relatos de pesca de la década de 1910 y 1920 del Dorado Club, formado por ingleses que practicaban la pesca en Argentina, nos dejan pasmados recomendando pesqueros cerca de Buenos Aires: los cruces de cursos sobre las vías del Central Argentino (luego FC Mitre) rumbo a Campana: el río de las Conchas (actual Reconquista) en Bancalari; el arroyo Garín en Maschwitz y el río Luján en la estación homónima. En el primero un aficionado había llegado a pescar quince dorados de hasta tres kilos, en verano y por día, y bagres, bogas y tarariras a flote. En el Luján se capturaban pejerreyes durante el invierno. En el Delta, allá por 1934, se pescaban tarariras de 7,5 kilos y dorados de 15,5 kilos. Hoy ni soñando se puede pescar en esos lugares y menos con esa calidad de resultados.

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¿Cuáles son las causas?

  • La merma en cantidad y calidad de peces de la cuenca del Paraná se debe a factores humanos: la contaminación, la degradación de las costas, la erección de presas y la extracción indiscriminada. El crecimiento de la población humana en sus costas y la facilidad también creciente con que se accede a los cardúmenes (el paso del bote a remo a los motores fuera de borda) jugaron en contra del recurso.
  • Aumentó la demanda de pescados de río para las industrias frigoríficas que fueron instalándose y para el consumo, mayormente local. También se acrecentó el número de pescadores deportivos embarcados.
  • El cambio climático, sumado a las múltiples represas del Paraná (aguas arriba de la boca del Iguazú hay más de 30 y aguas abajo, Yacyretá) hace que ya no se tengan los clásicos ciclos anuales bien definidos de estiaje y creciente, y los niveles hidrométricos sean muy erráticos, afectando el ciclo de migración de los peces, al que responden para comer y reproducirse.
  • La falta de piscicultura. Mientras en Brasil -desde hace años- se reproducen dorados, surubíes y pacúes en cautiverio, justo las tres especies de la cuenca del Paraná más codiciadas por el pescador deportivo, en la Argentina hace muy poco tiempo y en pequeña escala comenzó la acuicultura de peces de aguas tropicales y sólo se han sembrado en los ríos simbólicamente y no con estudios profundos y continuidad de operación. No quiero decir que esté bien el sembrado en ambientes naturales. Esto debe ser motivo de profundos estudios biológicos.
  • La pesca deportiva recién empezó a practicarse con devolución hace muy pocos años. Antes, lo que se pescaba se mataba. Lo normal en cualquier revista especializada hasta este siglo era mostrar pescados y no peces. De a poco se va revirtiendo este tema, aunque con esta sola acción no se logrará un cambio profundo, ya que hay otros factores a mayor escala. En una época, ictiólogos reconocidos recomendaban la pesca comercial.

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El río y su autocuración

Maravillosamente, la naturaleza suele reconstruir lo que el ser humano destruye. Cuando surge una gran creciente, como las de 1998 y 2010, los peces encuentran mejores condiciones para nacer, crecer y reproducirse. El agua cubre sectores de tierra y, por consiguiente, millones de insectos pasan a engrosar el menú de los peces pequeños.

Los peces forrajeros optimizan su tamaño y detrás de ellos van los grandes carniceros, como el surubí y el dorado. La inundación también genera nuevos lugares de refugio para los peces, adonde les cuesta mucho acceder a los pescadores. Con río bajo, todos los cardúmenes comparten el gran cauce, pues las costas quedan en seco, y así están más expuestos a su captura.

Estas avenidas de agua son extraordinarias y, en promedio, llegan una vez cada diez años o más. La última fue una verdadera bendición para los pescadores deportivos, porque coincidió con el desove del dorado y, por lo tanto, toda la cuenca se pobló de una manera nunca vista.

El periodista Víctor Bonifato, de Posadas, Misiones, fue dándonos a conocer cómo dorados y bogas iban arribando frente a la capital misionera, y hasta empezaron a picar armados que habían estado muy raleados en las décadas de 1990 y 2000, y antes eran comunes.

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Este fenómeno de sanación propia que hace la naturaleza nos lleva a preguntarnos si no sería adecuado que, en lugar de vedas de algunas semanas o meses, en el mejor de los casos, se prohibiese la muerte de los peces extraídos durante varios años.

En 2008, el Taller Subregional de Evaluación del Estado de Amenaza de los Peces de la Cuenca del Plata en Argentina y Paraguay examinó una muestra de 191 especies aplicando la metodología de la UICN denominada “Categorías y criterios de la Lista Roja de especies amenazadas de la UICN”.

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