La contratación masiva de efectivos de inteligencia da cuenta de la prioridad que les asignaba el macrismo en su estrategia. Mientras acusaban al peronismo de autoritario, montaban un aparato para espiar y perseguir opositores.

En un mes apenas el cuco de Cristina quedó anacrónico; igual que “el Albertítere”; la muerte de Nisman ya es algo vetusto; como el “se robaron todo”, cada vez más descalificado, al igual que los economistas neoliberales. El núcleo del discurso conservador se pinchó a pesar de que los mediáticos opositores o macristas lo repiten sin poder correrse del eje argumental que los alimentó la década pasada. Lo único que les queda es esperar que en marzo “todo sea peor”.

La escena de los 20 o 30 manifestantes macristas, frente a la Casa Rosada, que pedían la renuncia presidencial, fue tan patética que bastó la reacción de un solo pibe para enmudecerlos, sin capacidad de reacción. El muchacho estaba haciendo tiempo en Plaza de Mayo para tomarse el tren. Ni siquiera estaba allí para manifestar nada. Vio la escena, pidió permiso a los policías, y se puso a improvisar consignas a favor de Cristina y de Alberto. “Te vas a morir”, le dijeron los macristas y emprendieron una lastimosa retirada.

El discurso laboriosamente construido por los propagandistas del macrismo todavía circula pero perdió fuerza de choque, se convirtió en algo para repetir, pero no encuentra a quién golpear. Fue un discurso elaborado para otro mundo. La realidad cambió y el discurso no. Son trompadas al aire.

Ese cambio, más la repetición desprendida de su contexto, destruye su credibilidad. Los monstruos se humanizan, los fiscales se convierten en acusados y queda al descubierto una red monstruosa de espionaje creada por los que acusaban a los demás de autoritarios o corruptos y se presentaban como defensores de las instituciones y la República.

Son cientos de espías contratados por el gobierno de Mauricio Macri para perseguir opositores, en complicidad con periodistas más algunos jueces y fiscales. La estructura que dejó el macrismo en la AFI, ex SIDE, junto con el esquema de lawfare y periodismo de guerra, constituye la maquinaria represiva más relevante desde la dictadura.

El 60 por ciento de los espías de la AFI –más de 800 agentes– fue contratado por el gobierno macrista. En cuatro años, Macri contrató más espías que todos los gobiernos democráticos de los últimos 37 años de democracia.

La contratación masiva de efectivos de inteligencia da cuenta de la prioridad que le asignaba el macrismo en su estrategia. El discurso acusaba al kirchnerismo de autoritario, pero al mismo tiempo montaban un aparato paraestatal con gastos reservados para espiar y perseguir opositores. Acusaban a los demás de lo que ellos hacían.

Esa maquinaria represiva y antidemocrática no es una abstracción cuya existencia pueda ser discutible. No es una elucubración ideológica del kirchnerismo. Es una realidad muy concreta que expresa un concepto de sociedad, de gobierno y de práctica política. Está allí, es lo que construyó el macrismo, y las consecuencias son conocidas.

Hay presos políticos como consecuencia de ese aparato. Personas que fueron encarceladas como resultado de procesos muy discutibles, todos opositores al gobierno macrista, humillados en una feroz campaña mediática al estilo de las ejecuciones públicas del feudalismo. No se trataba de justicia ni de regodeo en la violencia, sino de destruir un partido político, un proyecto, una ideología, una experiencia histórica que el macrismo pretendía borrar o distorsionar con esas campañas.

Todos esos presos tienen ese común denominador. No se puede desarmar la maquinaria de espionaje y persecución judicial, sin revisar a fondo los procesos en los que estuvo involucrada. El dispositivo mediático no es estatal, aunque fue alimentado por la pauta oficial macrista.

Alberto Fernández ya dijo que cortará esa vía de financiamiento a periodistas individuales. También criticó la estructura judicial que se prestó al juego antidemocrático y anunció que habrá una reestructuración de los organismos de inteligencia y que terminará con los gastos reservados. Es una forma de desmontar la maquinaria de persecución que montó el macrismo y la consecuencia lógica tendrá que ser revisar la situación de sus víctimas.

El argumento del maquiavelismo de Cristina Kirchner tampoco tuvo nada, ni un síntoma, que lo alimentara. Todos los movimientos de la ex presidenta han sido a la luz del día. La dinámica con Alberto Fernández responde a la lógica de la política y la influencia de cada uno no excede ni se desfasa de su representatividad y de sus responsabilidades y ambos protagonistas se han preocupado por dejar en claro esos roles.

La mayoría de la sociedad no percibe nada misterioso ni amenazante en esa relación. Ve su desarrollo. Puede criticarlo y festejarlo, pero no ponerlo bajo sospecha porque está todo a la vista.

Parecía que el documental de Netflix iba a actualizar el nismanismo. Pero la tragedia del avión ucraniano reemplazó a la muerte de Alberto Nisman. El final del polémico fiscal en Argentina no puede competir en la construcción del enemigo iraní, con la caída de un avión con 176 personas en Teherán.

El debilitamiento de este discurso produjo el desplazamiento de algunos periodistas. Perdieron audiencia. Tras ver el documental de Netflix, uno de ellos declaró indignado en la radio: “Un fiscal aparece muerto después de anunciar que presentará pruebas contra el gobierno. No hay nada que dudar, lo mataron”.

Resulta llamativo que coincida con Mohsen Rabbani, el religioso iraní acusado de ser el autor intelectual del atentado a la AMIA. Entrevistado por otra radio, Rabbani coincidió: “A mí me parece que lo mataron porque no tenía las pruebas que había prometido, nunca apareció nada. O pueden haberlo inducido a suicidarse”. Las pruebas no aparecieron porque no existían. Se las prometieron pero no existían. Otra munición mojada, que terminará de pincharse cuando se analice el peritaje forzado de Gendarmería.

El desastre de la alianza Cambiemos en el plano económico –porque eso es lo que percibe la sociedad– hizo un agujero en el corazón del discurso hegemónico neoliberal. El rotundo fracaso de Federico Sturzenegger dejó sin economista estrella a la derecha. No hay más Alfonso Prat Gay ni Nicolás Dujovne, ni Luis Caputo “que juega en las grandes ligas”, como dijeron. Ese discurso se pinchó.

La derecha tendrá que diseñar un discurso nuevo para enfrentar a una realidad nueva. Y lo único nuevo, hasta ahora, ha sido anunciar que “todo va a estar peor en marzo”. Las transformaciones en ese mundo simbólico remodelan también las alianzas y nuevos referentes. Habrá quienes se queden con el viejo discurso y habrá los que busquen otro rumbo. Son tendencias que se vislumbran en el interior de la oposición, donde a Macri le resultará difícil convalidar el liderazgo porque representa lo viejo que ya fracasó.

El Frente de Todos sintonizó más rápido con el cambio de frecuencia. Eso fue lo que expresó la fórmula que proclamó Cristina Kirchner, quizás la primera que entendió esos cambios. Y fue la fórmula que ganó, muy impulsada por el desastre macrista en la economía. De todas formas, al revés de lo que hizo Cambiemos cuando ganó en 2015, el Frente de Todos está más preocupado de lo que pasa en sus filas que en mirar los cambios que se producen en la oposición.

Eso le impide diseñar estrategias que faciliten su relación con la oposición, que mantiene una presencia importante en los parlamentos nacional y provinciales. El discurso del macrismo es endeble, no puede llegar más allá de su núcleo duro y no tiene liderazgo claro. En cambio, la mayoría de la sociedad tiene expectativas en el gobierno de Alberto Fernández.

En las últimas encuestas, la imagen positiva de Fernández había pasado los 60 puntos. Es un fenómeno que acompaña a la mayoría de los nuevos gobiernos y que la oposición se resiste a aceptar. Hasta ahora, el Gobierno no aprovechó a fondo esa situación que lo favorece. Al revés de lo que hizo Cambiemos en 2015, el Gobierno está más enfocado en los problemas de la gestión que en la oposición. Pero las dos cosas van de la mano, como demostró el debate por la ley impositiva en la provincia de Buenos Aires.

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