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Al primer semestre, abrieron nuevos comedores informales.
Al segundo, duplicaron esos comedores, pero no las raciones.
Al tercero, nuestros barrios se llenaron de comedores sin comida.
Al cuarto, muchos trabajan en esos comedores sin comida por comida.

A espaldas del primer plano, hoy marchamos al Ministerio de Hábitat y Subdesarrollo Humano, para gritarles que no alcanza, que ningún bombo hace más ruido que la panza, que ya no pueden apagar el fuego, ni acallar la voz, ¡que ni siquiera están dispuestos a gastar tanto arroz! Y que los votos comen globos, pero los estómagos no. Que nuestros merenderos esperan respuestas hace 13 meses en la Villa 31, que se niegan a regularizar el funcionamiento de nuestras bocas en Fátima, Rodrigo Bueno y la Villa 1-11-14, que cortaron los agregados de alimentos secos después de las elecciones, que seguimos sobreviviendo con fideos, yerba y arvejas, que ya no mandan carne, pollo, ni verduras, que los colegios villeros reciben chicos con desnutrición. Y que falta comida para nuestros hijos, mientras ustedes trabajan en televisión.

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«No tenemos más mercadería para reforzar,
pero si no les alcanzan las raciones en algún barrio,
los podemos derivar a otro barrio»,
Gustavo Posteraro, Gerente Operativo del hambre.

Leyeron bien, sí, para responder a los grupos de 500 personas que almuerzan todos los días en comedores comunitarios con raciones para 150, el tipo nos reafirmó que no tenía recursos a disposición, pero que bien podríamos viajar todos los mediodías hasta un barrio que absolutamente nadie conoce, donde estarían sobrando alimentos, una mentira que no defendió ni Margarita Barrientos. Pues así nos callaron toda la vida, obligándonos a pedir propina en sus oficinas, mendigando la mercadería faltante por canales extraordinarios, administrando la pobreza, repartiendo la partida, cediendo un par de cobres o dividiendo limosnas mediante CEO’s comunitarios.

Nos falta comida,
pobres millonarios.

LA GARGANTA PODEROSA

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