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… La pesca fue, es y tal vez seguirá siendo una de las formas de abastecimiento alimenticio de la raza humana. Desde tiempos sumidos en lo profundo del bosque de la prehistoria que el ser humano ha adquirido la habilidad de atrapar peces para contribuir al sustento de los suyos. Ya entrados en tiempos modernos, este habito quedó relegado a simple pasatiempo. Pero hay quienes aún hoy, sea por decisión de vida o por motivos de fuerza mayor, abogan sus esfuerzos por conseguir sus alimentos de esta forma. Como tributo atávico a nuestros antepasados…
Ramón. Como tantas veces a la semana salió de su rancho a recorrer los espineles y el trasmallo.  Hace varios días que la pesca viene algo floja. Los bagres chicos no llegan a la sarta. Pocos turistas se arriman a la costa de la ciudad para ser cruzados en lancha. Alguno de los motivos por los cuales los gastados bolsillos de Ramón están flacos de sobra.
Al salir de su vivienda le metió tranca a la puerta. Más para evitar la entrada de animales que por la posibilidad de hurto. La radio a medio sintonizar dejaba escapar entrecortado un anuncio de alerta meteorológico, un  frente de tormenta que haría manifiesto en un rato. No necesitaba oírlo. La experiencia se lo hacía saber. Además no sería la primera vez que se enfrentara a tal adversidad en su tarea habitual.
 Veinticinco minutos de viaje fueron acompañados por un molesto chispeo de llovizna delgada. Llevaba puestas la capa de nailon y las botas de goma. ¿haré tiempo de revisar el espinel sin agua? Preguntó para sus adentros. El temporal ofrecía una respuesta negativa. Como si lo oyera.
 Ciertos lugares en el mundo ofrecen desde pintorescos paisajes hasta melodiosos cantos de aves. La isla lechiguana tiene una mezcla especial de silencio de concreto con notas de cantos de aves y llamados de animales de diferentes especies, salpicados con los chasquidos del agua hacen de ello un cuadro dinámico único en su especie. Esta vez, era poderosamente llamativa la mansedumbre del río. Ramón no le dio mayor importancia. Estaba concentrado en lo suyo. Recogió el fruto preciado de su anhelada espera. Cinco bagres amarillos. Dos de ellos de considerable tamaño. No tenía clientes interesados en comprar pescado por lo que sería cena de hoy y el resto a la conservadora. Total, mañana será otro día.
 Quedó unos minutos contemplando el crepúsculo. Espectáculo gratuito si los hay. Al menos hasta que se aviven de aplicarle impuestos al paisaje. Un sonido fue arremetiendo poco a poco. Al parecer  desde el agua. Debajo de la lancha para ser preciso. Ramón aguzó el oído y el hecho de que sus manos percibieran vibraciones correspondidas al sonido le daba mayor realidad a lo acontecido. El sonido fue cobrando intensidad y volumen. Más con susto que con sorpresa descubrió que no se correspondía al sonido de ningún animal conocido en sus años de existencia. Se asemejaba más a un ronquido humano. Y cuanto más lo escuchaba más solidez cobraba esta idea.
 Sin demoras encendió la lancha y se fue en seguida. Ramón no andaba con ganas de averiguar el origen de aquello que, desde abajo del agua roncaba cada vez más cerca.
 Muchos son los relatos de gente que, como Ramón, están en permanente contacto con la naturaleza. Como ya referí antes, muchas veces por fuerza mayor. Porque la vida les ha relegado la tarea de hacer perdurar viejas costumbres. Como recompensa, la paz del que lejos está de la vorágine urbana, los paisajes, la naturaleza en permanente expresión. Castigo si se quiere, el frío, las inclemencias del tiempo y ser testigos a veces de aquellos fenómenos que, como “el roncador” parecieran querer alejarse de la urbe.
Escrito por Agustín C. Chiappara. silenciosoritualnocturno.blogspot.com
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