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En medio del océano de gente se construye una historia colectiva y hay también historias personales. Hace algunas semanas Vorterix presentó on line el documental Tsunami, un océano de gente, que tienen como protagonista al Indio Solari, y en pocos segundos la página colapsó. ¿Quién es el personaje que logra que miles hagan cientos de kilómetros para no perderse ese ritual que mezcla música, barro, amores y lágrimas?

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Foto: Joaquín Salguero

La primera vez que fui a una misa fui sola. Quedará para siempre como una anécdota del arrojo de mi juventud. No tardé mucho, no obstante, en encontrar compañía. Metida en el oceáno de gente con un cuaderno en el que iba haciendo anotaciones para una nota –sí, todos me miraban muy raro–, conocí a un grupo de chicos de Chacabuco. Me gastaban; me decían que estaban ahí para protegerme.Con uno hubo un flash instantáneo: nos gustamos. Él viajó un par de veces a Temperley a verme. Hasta que el sentimiento murió, como ocurre con todo amor pasajero. Volvió con su ex, creo. Fue loco cuando se apareció en mi casa aquél pibe que había conocido ahí, en mi primera misa india (Tandil, 2010).

Volví enloquecida, con la sensación de haber vivido algo único y extraordinario. Algo que todo el mundo tenía que vivir alguna vez. Un verdadero ritual pagano. Lo digo siempre: todos los que puedan vayan alguna vez a una misa india. Hay que vivirla. Se podrán decir y escribir mil cosas, pero lo que realmente vale es esa sensación histórica en el cuerpo.

Lo digo siempre: todos los que puedan vayan alguna vez a una misa india. Hay que vivirla. Se podrán decir y escribir mil cosas, pero lo que realmente vale es esa sensación histórica en el cuerpo.

Volví encantada con aquél chabón –un seguidor muy distinto a mí: no conocía a Enrique Symns–, y volví pensando que los conciertos del Indio eran particulares, también, por esos detalles. Es que no son recitales nada más. No. Son la vida. La vida misma, fluyendo, y pasan cosas. Nuevos amores, nuevas amistades, aprendizajes. La experiencia es intensa. No es que excede a la música, lo abarca todo.

Misa. Comunión. “De golpe te encontrás abrazada a alguien que no conocés pero que está cantando lo mismo que vos. Y no es que esté cantando la misma canción. Está sintiendo lo mismo que vos. No estás uniendo la voz con otro: estás acercando el corazón”, me dice Laura, una conocida con la que fuimos a otra misa. Fanática en serio, claramente más que yo. Yo soy de esas que nunca se dirán fanáticas de nada.

No hablé de la impresión que causaron en mí las banderas, tantos coches, la gente tocando la guitarra, las carpas, los pogos en la calle, el mar de gente caminando, los miles de puestitos con los que uno se topaba antes de llegar al hipódromo, lo variopinto de edades y clases sociales. Creo que, en un punto, aunque sigan saliendo documentales sobre este tópico –sobre el fenómeno que son las misas–, lo empezamos a naturalizar. En 2010 me sorprendió todo eso, ahora ya no. Será porque lo experimenté después dos veces más.

La segunda vez fue personalmente problemática. Una infección urinaria me atacó la noche anterior. Tenía contratado un micro con asado incluido e iba a ir con dos amigos. Por la mañana, no pude salir de la cama a tiempo y perdí el micro. Me levanté y pregunté en Facebook si alguien estaba yendo en auto a ver al Indio a Junín. Si algún alma caritativa llegaba a responder, tenía que empezar a creer en la magia.

Ocurrió: me contestó Anita, una compañera del laburo. Sabía que otro compañero nuestro estaba por salir a la ruta, desde Bernal. Salí. Sin bañarme ni arreglarme. Infectada. Medicada. Salí.

Laura sugiere una hipótesis sobre la experiencia Indio. Que “no importa un carajo de nada, sólo ir”. Lo dice porque ella también estuvo enferma una vez y se mandó igual. Tenía fiebre, y en Mendoza hacía frío. Al volver, después de viajar un día entero, se bañó y se fue a laburar. Al otro día cayó en cama por dos semanas.

A Junín, mi novio estaba yendo con Martulo, un amigo; mis amigos estaban yendo en el micro del asado incluido; y yo en auto con un compañero del laburo, su hermana y su cuñado. En el recital no encontré a nadie. Los celulares muertos. Pero no podía quejarme. Facebook había servido al fin para algo. Además, días después, la gente del micro y del asado me devolvió el dinero. Sí: existe la magia.

En el recital no encontré a nadie. Los celulares muertos. Pero no podía quejarme. Facebook había servido al fin para algo. Además, días después, la gente del micro y del asado me devolvió el dinero. Sí: existe la magia.

La tercera misa fue problemática también, pero colectivamente. En mi caso fue la tercera y última. La tercera vencida. Me dije que nunca más, y así fue. Tuve la sensación de haber matado a mi padre.

Fue la más redonda de las misas indias: el 12 de abril de 2014, hipódromo de Gualeguaychú. Se reunieron Los Redondos –salvo Skay– y eso sumó emoción al acontecimiento. Pero el predio era un desastre. Vi gente hundiéndose en el barro, pibes cubiertos de barro hasta el cuello, gente perdiendo su calzado, muchísimos jóvenes afuera del recital, angustiados. A todo esto, el Indio cantaba que el barro se hacía cruel y nos sepultaba.

Fui con tres conocidos, y uno de ellos extravió su zapatilla en un charco de lodo. Un hombre de 60 años. Su mujer le rescató una zapatilla del pantano, de otra persona y un talle menos.

Volví contenta pero enojada, y plasmé esta sensación dicotómica en una nota paraPágina/12. Algunos fanáticos me mandaron a escuchar a Arjona –los defensores de la cultura del aguante–, otros se sintieron identificados con mi cuestionamiento: ¿hasta qué punto sacrificarnos? Hasta ese momento, las exigencias de la misa me habían parecido previsibles: las mil horas de viaje de ida, las mil de vuelta, la larga caminata al predio, el frío, el atascamiento de autos y micros, etcétera. Pero… ¿merecíamos un campo así? Mi respuesta es que no. Por eso mi Edipo resuelto.

Tal como le pasó a Laura cuando fue a Mendoza, y como les debe haber pasado a miles en ésta y otras ocasiones, por volverme con los pies húmedos y embarrados, permanecí en cama una semana, con una gripe letal.

Martulo, el amigo de mi novio, se agotó antes del aspecto sacrificial del rito: en 2011 quedó “fulminado”, y toda vez que piensa en ese momento le duele el cuerpo.“No la pasé bien. Llegué como a las 11 de la mañana a mi casa, extremadamente cansado, muchas horas parado. Ahí decidí no volver a ver al Indio, me retiré de los escenarios”, dice.

Después no volví a pensar en Carlos Solari ni a escucharlo. Hasta que supe que estaba enfermo. El día que me enteré, escuchéPajaritos, bravos muchachitos en el colectivo, miré por la ventanilla, y lloré.

Después de la más redonda de las misas indias yo no volví a pensar en Carlos Solari ni a escucharlo. Hasta que supe que estaba enfermo. El día que me enteré, escuché Pajaritos, bravos muchachitos en el colectivo, miré por la ventanilla, y lloré.

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Tsunami, un océano de gente, el documental que presentó Vorterix hace unos días, que colapsó de visitas y ahora se puede volver a ver, reconstruye la última misa india (Tandil, marzo de 2016). Además de un mano a mano con Mario Pergolini, incluye testimonios de los músicos, pinta algo de lo que sucede con los fanáticos y aporta detalles respecto de la técnica y la organización.

Lo que más me impactó del documental es el momento en que el Indio habla de la “decrepitud”: de esa cantidad de años que la ciencia médica nos da de más, pero hay que ver cómo los vivimos. “No sirvo para viejo”, se define, y revela una suerte de lucha interna. Si bien se opone a la decrepitud, va a hacer lo que pueda para vivir los años que pueda. Filosóficamente también me gusta mucho el Indio.

“No sirvo para viejo”, se define el Indio y revela una suerte de lucha interna. Si bien se opone a la decrepitud, va a hacer lo que pueda para vivir los años que pueda. Filosóficamente también me gusta mucho el Indio.

Le sobran ganas, parece, porque está escribiendo memorias, grabando un disco, maquetando otro, dando forma a su histórico proyecto El delito americano. “El documental pinta un Indio terrenal, humano. Que se permite, en un momento, quebrarse y deslizar alguna lágrima”, sugiere Sergio, otro seguidor amigo. Es cierto: los silencios también me llamaron la atención, o su voz quebradiza cuando habla de David Bowie. Dijo Pergolini en una nota que fuera del film quedaron fragmentos medio angustiantes.

“No sé por qué soy el Indio Solari”: éste me parece otro concepto interesante. La eterna pregunta. Ya aparecía planteada en El hombre ilustrado, el libro de Gloria Guerrero. Creo que nunca nos vamos a terminar de responder esto. Porque hay algo místico en el fondo, algo que está más allá de la razón. Por algo le decimos misa.

Todo lo demás que el documental muestra, me da la sensación de que ya lo sabemos (los que hemos ido a verlo alguna vez, claro). Martulo me llama la atención sobre algo: hace rato que venimos hablando de lo que ocurre con las misas, pero qué poco que hablamos de su música.

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A pesar de que fue conmigo a Gualeguaychú y quedó tan indignada como yo, Laura no dejó de ser una de las fieles y asistió a la misa que reconstruye Tsunami.Estuvo ahí la noche en que el Indio les habló a sus admiradores de Mr. Parkinson pisando sus talones, “como si fuera un familiar”. Laura y un nudo en la garganta, y la sensación de que su ídolo era “finito”. Pero ya que hablamos de misas, podríamos hablar, también, de eternidad.

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