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La razón de mi vida es un libro autobiográfico encargado para Eva Perón.

Fue editado inicialmente el 15 de septiembre de 1951 por Ediciones Peuser, con una tirada de 300.000 ejemplares, y fue reeditado en numerosas ocasiones en los años posteriores.

En 1952, el año de su muerte, el Congreso de Argentina ordenó la autobiografía para ser utilizada como libro de texto en las escuelas argentinas.

Hoy te publicamos la segunda parte de este mítico libro en el que se narran los sentimientos, las ideas, los objetivos, el corazón, el alma y las agallas de Evita, y en sucesivas publicaciones lo seguiremos haciendo hasta que, en su totalidad, pase a formar parte, y con un inagotable orgullo, de los archivos que obran y por siempre lo harán, en BL.

Ahí va, que lo disfruten.

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VI .- MI DÍA MARAVILLOSO

En todas las vidas hay un momento que parece definitivo.

Es el día en que una cree que ha empezado a recorrer un camino monótono, sin altibajos, sin recodos, sin paisajes nuevos.

Una cree que, desde ese momento en adelante, toda la vida ha de hacer ya siempre las mismas cosas, ha de cumplir las mismas actividades cotidianas, y que el rumbo del camino está en cierto modo tomado definitivamente.

Eso, más o menos, me sucedió en aquel momento de mi vida. Dije que me había resignado a ser víctima.

Más aún: me había resignada a vivir una vida común, monótona, que me parecía estéril pero que consideraba inevitable. Y no veía ninguna esperanza de salir de ella.

Por otra parte, aquella vida mía, agitada dentro de su monotonía, no me daba tiempo para nada.

Pero, en el fondo de mi alma, no podía resignarme a que aquello fuese definitivo. Por fin llegó “mi día maravilloso”. Todos, o casi todos, tenemos en la vida un “día maravilloso”. Para mí, fué el día en que mi vida coincidió con la vida La Baldrich – Espacio de Pensamiento Nacional www.labaldrich.com.ar 27 de Perón.

El encuentro me ha dejado en mi corazón una estampa indeleble; y no puedo dejar de pintarla porque ella señala el comienzo de mi verdadera vida. Ahora sé que los hombres se clasifican en dos grupos: uno, grande, infinitamente numeroso, es el de los que afanan por las cosas vulgares y comunes; y que no se mueven sino por caminos conocidos que otros ya han recorrido. Se conforman con alcanzar un éxito.

El otro grupo, pequeño, muy pequeño, es el de los hombres que conceden un valor extraordinario a todo aquello que es necesario hacer. Estos no se conforman sino con la gloria.

Aspiran ya el aire del siglo siguiente, que ha de cantar sus glorias y viven casi en la eternidad. Hombres para quienes un camino nuevo ejerce siempre una atracción irresistible.

Para Alejandro fué el camino de Persia, para Colón el camino de las Indias, para Napoleón el que conducía al imperio del mundo, para San Martín el camino llevaba a la libertad de América. A esta clase de hombres pertenecía el hombre que yo encontré.

En mi país lo que estaba por hacer era nada menos que una Revolución. Cuando la “cosa por hacer” es una Revolución, entonces el grupo de hombres capaces de recorrer ese camino hasta el fin se reduce a veces al extremo de desaparecer. Muchas revoluciones han sido iniciadas aquí y en todos los países del mundo. Pero una Revolución es siempre un camino nuevo cuyo recorrido es difícil y no está hecho sino para quienes sienten la atracción irresistible de las empresas arriesgadas. La Baldrich – Espacio de Pensamiento Nacional www.labaldrich.com.ar 28

Por eso fracasaron y fracasan todos los días revoluciones deseadas por el pueblo y aún realizadas con su apoyo total. Cuando la segunda guerra mundial aflojó un poco la influencia de los imperialismos que protegían a la oligarquía entronizada en el gobierno de nuestro país, un grupo de hombres decidió hacer la Revolución que el pueblo deseaba.

Aquel grupo de hombres intentaba, pues, el camino nuevo; pero después de los primeros encuentros con la dura realidad de las dificultades, la mayoría empezó a repetir lo mismo de otras revoluciones… y “la Revolución” fué quedando poco a poco en medio de la calle, en el aire del país, en la esperanza del pueblo como algo que todavía era necesario realizar. Sin embargo, entre los gestores de aquel movimiento, un hombre insistía en avanzar por el camino difícil.

Yo lo vi aparecer, desde el mirador de mi vieja inquietud interior. Era evidentemente distinto de todos los demás. Otros gritaban “fuego” y mandaban avanzar.

El gritaba “fuego” y avanzaba él mismo, decidido y tenaz en una sola dirección, sin titubear ante ningún obstáculo. En aquel momento sentí que su grito y su camino eran mi propio grito y mi propio camino.

Me puse a su lado. Quizás ello le llamó la atención y cuando pudo escucharme, atiné a decirle con mi mejor palabra: Si es, como usted dice, la causa del pueblo su propia causa, por muy lejos que haya que ir en el sacrificio no dejaré de estar a su lado, hasta desfallecer. El aceptó mi ofrecimiento. Aquél fué “mi día maravilloso”. La Baldrich – Espacio de Pensamiento Nacional www.labaldrich.com.ar 29

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VII ¡SI, ESTE ES EL HOMBRE DE MI PUEBLO!

Pronto, desde los bordes del camino, los “hombres comunes” empezaron a apedrearnos con amenazas, insultos y calumnias. Los “hombres comunes” son los eternos enemigos de toda cosa nueva, de todo progreso, de toda idea extraordinaria y por lo tanto de toda revolución.

Por eso dijo alguien “el hombre mediocre es el más feroz y más frío enemigo del hombre de genio”. Todo lo extraordinario es para ellos locura imperdonable, fanatismo exagerado y peligroso. Yo los he visto y los veo todavía mirándome “compasivos” y “misericordiosos” con ese aire de superioridad que los define… Nunca entenderán cómo y por qué alguien puede hacer una cosa distinta de la que ellos piensan ¡y nunca hacen nada que no sea para ellos! Lo vieron avanzar a Perón y primero se reían de él creyéndole y aún diciéndole loco.

Pero cuando descubrieron que el loco incendiaba y que el incendio se propagaba por todas partes y ya les tocaba en sus La Baldrich – Espacio de Pensamiento Nacional www.labaldrich.com.ar 30 intereses y en sus ambiciones, entonces se alarmaron y organizándose en la sombra se juramentaron para hacerlo desaparecer.

No contaron con el pueblo. Nunca se les había ocurrido pensar en el pueblo ni imaginaron que el pueblo podría alguna vez por sí mismo hacer su voluntad y decidir su destino. ¿Por qué los hombres humildes, los obreros de mi país no reaccionaron como los “hombres comunes” y en cambio comprendieron a Perón y creyeron en él? La explicación es una sola: basta verlo a Perón para creer en él, en su sinceridad, en su lealtad y en su franqueza. Ellos lo vieron y creyeron.

Se repitió aquí el caso de Belén, hace dos mil años; los primeros en creer fueron los humildes, no los ricos, ni los sabios, ni los poderosos.

Es que ricos y sabios y poderosos deben tener el alma casi siempre cerrada por el egoísmo y la avaricia. En cambio los pobres, lo mismo que en Belén, viven y duermen al aire libre y las ventanas de sus almas sencillas están casi siempre abiertas a las cosas extraordinarias.

Por eso vieron y creyeron. Vieron también cómo un hombre se lo jugaba todo por ellos. Yo sé bien cuantas veces él apostó todo a una sola carta por el pueblo. Felizmente ganó.

De lo contrario hubiese perdido todo, incluso la vida. Yo, mientras tanto, cumplía mi promesa de “estar a su lado”.

Sostenía la lámpara que iluminaba sus noches; enardeciéndole como pude y como supe, cubriéndole la espalda La Baldrich – Espacio de Pensamiento Nacional www.labaldrich.com.ar 31 con mi amor y con mi fe. Muchas veces lo vi, desde un rincón en su despacho en la querida Secretaría de Trabajo y Previsión, él escuchando a los humildes obreros de mi Patria, hablando con ellos de sus problemas, dándoles las soluciones que venían reclamando desde hacía muchos años.

Nunca se borrarán de mi memoria aquellos cuadros iniciales de nuestra vida común. Allí le conocí franco y cordial, sincero y humilde, generoso e incansable, allí vislumbré la grandeza de su alma y la intrepidez de su corazón. Viéndolo se me ensanchaba el espíritu como si todo aquello fuesen cielo y aire puros.

La vieja angustia de mi corazón empezaba a deshacerse en mí como la escarcha y la nieve bajo el sol. Y me sentía infinitamente feliz. Y me decía a mí misma, cada vez con más fuerza: Sí, este es el hombre.

Es el hombre de mi pueblo. Nadie puede compararse a él. Y cuando le veía estrechar las manos callosas y duras de los trabajadores yo no podía dejar de pensar que en él y por él mi pueblo por primera vez, daba la mano con la felicidad. La Baldrich – Espacio de Pensamiento Nacional www.labaldrich.com.ar 32 “La luz vino únicamente desde el pueblo…”. La Baldrich – Espacio de Pensamiento Nacional www.labaldrich.com.ar 33

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VIII LA HORA DE MI SOLEDAD

El incendio seguía avanzando con nosotros. Los “hombres comunes” de la oligarquía cómoda y tranquila empezaron a pensar que era necesario acabar con el incendiario.

Creían que con eso acabaría el incendio. Por fin se decidieron a realizar sus planes. Esto sucedió en la última hora de la Argentina oligárquica. ¡Después, amaneció…! Durante casi ocho días lo tuvieron a Perón entre sus manos.

Yo no estuve en la cárcel con él; pero aquellos ocho días me duelen todavía; y más, mucho más, que si los hubiese podido pasar en su compañía, compartiendo su angustia.

Al partir me recomendó que estuviese tranquila. Confieso que nunca lo vi tan magnífico en su serenidad. Recuerdo que un Embajador amigo vino a ofrecerle el amparo de una nación extranjera.

En pocas palabras y con un gesto simple decidió quedarse en su Patria, para afrontarlo todo entre los suyos. Desde que Perón se fué hasta que el pueblo lo reconquistó para él — ¡y para mí! — mis días fueron jornadas de dolor y de fiebre. Me largué a la calle buscando a los amigos que podían La Baldrich – Espacio de Pensamiento Nacional www.labaldrich.com.ar 34 hacer todavía alguna cosa por él.

Fuí así, de puerta en puerta. En ese penoso e incesante caminar sentía arder en mi corazón la llama de su incendio, que quemaba mi absoluta pequeñez. Nunca me sentí — lo digo de verdad — tan pequeña, tan poca cosa como en aquellos ocho días memorables. Anduve por todos los barrios de la gran ciudad.

Desde entonces conozco todo el muestrario de corazones que laten bajo el cielo de mi Patria. A medida que iba descendiendo desde los barrios orgullosos y ricos a los pobres y humildes las puertas se iban abriendo generosamente, con más cordialidad.

Arriba conocí únicamente corazones fríos, calculadores, “prudentes” corazones de “hombres comunes” incapaces de pensar o de hacer nada extraordinario, corazones cuyo contacto me dió náuseas, asco y vergüenza. ¡Esto fué lo peor de mi calvario por la gran ciudad.

La cobardía de los hombres que pudieron hacer algo y no lo hicieron, lavándose las manos como Pilatos, me dolió mas que los bárbaros puñetazos que me dieron cuando un grupo de cobardes me denunció gritando: — ¡Esa es Evita! Estos golpes, en cambio, me hicieron bien. Por cada golpe me parecía morir y sin embargo a cada golpe e sentía nacer. Algo rudo pero al mismo tiempo inefable fué aquel bautismo de dolor que me purificó de toda duda y de toda cobardía. ¿Acaso no le había dicho yo a él: — “…por muy lejos que haya que ir en el sacrificio no dejaré de estar a su lado, hasta desfallecer”? Desde aquel día pienso que no debe ser muy difícil morir por una causa que se ama. O simplemente: morir por amor. La Baldrich – Espacio de Pensamiento Nacional www.labaldrich.com.ar 35

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IX UNA GRAN LUZ

Conservo muchos recuerdos de aquellos días de angustias y amarguras. Al lado de las sombras que fueron la traición y la cobardía de muchos aparecen, entre mis recuerdos, los gestos iluminados de la lealtad y del valor. Pero yo no quiero escribir todavía en detalle todo eso.

La semana de octubre de 1945 es un paisaje de muchas sombras y de muchas luces. Será mejor que no nos acerquemos demasiado a él… y que más bien lo veamos otra vez, desde más lejos. Esto no me impide decir sin embargo con absoluta franqueza, y como un anticipo de cuanto alguna vez he de escribir en detalle, que la luz vino únicamente desde el pueblo.

En este libro, que quiere exponer las causas y los objetivos de la misión que me he propuesto cumplir, no puedo dejar de recordar un episodio que figura en mi espíritu como una razón fundamental de lo que soy en esta hora de mi Patria, y que por sus hondas sugerencias contribuyó a conducirme al puesto que ahora ocupo en el movimiento justicialista.

Recuerdo que en mi soledad y en mi amargura, y mientras recorría la gran ciudad, esperaba a cada instante recibir algún mensaje del Líder ausente y prisionero. Me imaginaba que de alguna manera él se ingeniaría para hacerme saber cómo La Baldrich – Espacio de Pensamiento Nacional www.labaldrich.com.ar 36 estaba y dónde estaba; y esperaba sus noticias con el alma en un hilo, torturada por la angustia.

Conservo de aquellos días varios mensajes manuscritos por él; y en todos ellos aparece, en su letra clara, firme y decidida, la serenidad con que su espíritu afrontaba los acontecimientos.

En todos sus mensajes no hizo otra cosa que recomendarme a sus obreros “que estuviesen tranquilos, que no se preocupasen por él, que no creasen situaciones de violencia…”. Yo — lo confieso honradamente — busqué con afán en todas sus cartas, una palabra que me dijese su amor.

En cambio casi no hablaba sino de sus “trabajadores”…, a quienes por aquellos días la oligarquía, suelta por las calles, empezó a llamar “descamisados”. Su rara insistencia me iluminó: ¡aquel “encargarme de sus trabajadores” era su palabra de amor, su más sentida palabra de amor! Comprender aquello fué — y lo es todavía — una gran luz en mi vida. A mí, a una humilde y pequeña mujer, me encomendaba el cuidado de sus trabajadores, lo que él más quería. Y yo me dije a mí misma: — Pudo encomendárselo a otros, a cualquiera de sus amigos, incluso a algún dirigente gremial… pero no, quise que fuese yo… ¡una mujer que no sabe otra cosa que quererlo! Esa era sin duda la prueba absoluta de su amor. Pero una prueba que exigía respuesta; y yo se la di. Se la di entonces y se la sigo dando.

Mientras viva no me olvidaré que él, Perón, me encomendó a sus descamisados en la hora más difícil de su vida. ¡Mientras yo viva no me olvidaré que él, cuando quiso probarme su amor, me encargó que cuidase a sus obreros! La Baldrich – Espacio de Pensamiento Nacional www.labaldrich.com.ar 37

El no encontró mejor manera de expresarme su amor y ahora estoy segura que eligió la más pura y la más grande manera de decírmelo. Desde entonces, cuando yo quiero a mi vez expresarle mi amor de mujer — ¡y quiero expresárselo permanentemente! — no encuentro tampoco una manera más pura ni más grande que la de ofrecerle un poco de mi vida, quemándola por amor a sus “descamisados”.

Esto, por otra parte, es mi deber de gratitud para con él y para con ellos y yo lo cumplo alegremente, feliz, como se cumplen todos los deberes que impone el amor. La Baldrich – Espacio de Pensamiento Nacional www.labaldrich.com.ar 38 “Como Eva Perón represento un viejo papel que otras mujeres en todos los tiempos han vivido ya…”.

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