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En la 8ª jornada del Pepsi Music, los californianos saldaron una vieja cuenta pendiente con sus fans. Mötley utilizó todos los clishés del heavy de los ’80, justo lo que la gente quería.

Si la lluvia cae, ellos corren y esconden sus cabezas

Cuando el sol brilla, ellos se deslizan hacia la sombra.

The Beatles – “Rain” (1966).

Minutos antes de las 22, cuando la noche más negra del mes en el cielo y la segunda más negra en el Pepsi –luego del show de Nine Inch Nails–- baja sobre el campo, con ella bajan la segunda lluvia, la que más aportó a los 18 milímetros de precipitaciones sobre la ciudad, y los pedidos de paciencia de la organización a los más de veinte mil asistentes a la octava jornada del Pepsi Music 08. “Hubieran traído a Cinderella, ¡Dale Mötley, hace veinte años que te espero! ¡Dame el rock que me gusta, no esperé más, Mötley!”, desespera el hiperfanático ansioso del primer show de los californianos en el país y la mayor reunión del ala glam del hai–metal desde Poison en 1993.

Entre el batido rubio manzanilla del hiperfanático y la bolsa de consorcio que una veintena de inadaptados a los recitales despliega como toldo no se ve del escenario mucho más que la batería imponente y tapada de Tommy Lee, el pie de micrófono críptico –tanto como él– de Mick Mars; el demoníaco equipo de bajo de Nikki Sixx y el halo de spray que Vince Neil se echa entre bambalinas. 22.10, media hora después de lo anunciado, aparecen en un estallido de luces, aplausos, corridas y ruidos desde la viola del buen Mars.

“¡Sí, carajo, hagan un poco de jodido ruido!”, alecciona Vince en el micrófono con diamantes. No hay flores de celofán amarillas y verdes pero sí tachas, parches, las más rockeras mujeres al hombro del festival y el potente sonido de “Kickstart my heart”, temón de Dr Feelgood (1989), la arenga constante en “Wild side”, de Decadence, o las maravillas de Tommy Lee –punto de contacto entre Keith Moon y Travis Baker de Blink 182–. Estreno de “Saints of Los Angeles” mediante, que da título a su primer álbum desde 1999, Vince confiere a la banda el título de Santos de Buenos Aires tonight, y el coro, igual de demagogo y sincero responde: “Olé, olé, motlí, motlí”.

Con media decena de temas y la lluvia más fuerte acercándose, muchos se preguntan cuándo llega el primer solo. Diez y media, Mick lo baja de Marte a su guitarra a través de la palanca de su viola, y lo pega con un homenaje a Hendrix en “Live wire”. En “Sick love song”, Tommy se baña con la lluvia y se saca la sed con whisky, arengando aquella leyenda del sexo, drogas y rock n’ roll construida por la estirpe de músicos que hoy representa. Y el público cambia sudor por agua de lluvia, mientras hace el pogo más uniforme del festival, facilitado por el 4×4 cuadrado del estilo, en el que Mötley Crüe destacó a fuerza de velocidad, distorsión, puesta en escena y fiesta.

Pero los insultos de Tommy Lee al desfilar con botella de bebida blanca en mano, maldiciendo porque no le dan micrófono, son primero oídos y luego reprimidos por el Hada del Metal. “Amamos estar en este hermoso país, es el mejor lugar donde tocamos”, dice cuando puede. Y mientras hay quien con la lluvia desatada en reprimenda a los insultos corre y esconde su cabeza, la banda se desliza hacia la sombra y el vacío que se llena de almas pogueras. El coro más grande es el de “seimol, seimol situeeeeeishon” (“Same ol’ situation”), y en respuesta, el gesto más ostentoso es el de Nikki en su intervención discursiva (Mick Mars fue el único que no la tuvo), blandiendo la bandera argentina bajo una lluvia ya escandalosa y avisando que estaban aquí para presentar su nuevo álbum. A Mars se le pueden achacar muchas cosas –sus achaques, por ejemplo–, pero sería burdo no admitir su virtuosismo para el abuso del slide y su capacidad para hacer tapping bajo la lluvia.

Para “Primal scream” y “Red hot”, las etiquetas en los platos de Tommy Lee se despegaron con la lluvia. El show es parejo, con problemas entendibles de sonido digital en una noche tormentosa, con energía, celebración, autobombo y doble bombo. Pero el baterista no los usa para ningún solo, extrañamente.

Y entonces sí. Se bancaron la lluvia, los problemas técnicos asociados, el viento frío, el viaje en avión o en colectivos, pero público y banda esperan esto: “Girls, girls, girls”, himno mucho antes de “Somos los piratas” y símbolo de una época en la que el rock no se preocupaba por la plata sino por ver en qué la gastaba: si en chicas, en drogas o en instrumentos. Los charcos ondulan porque los dinosaurios del rock –no tan viejos, pero sí tan grandes– pisan fuerte en el club Ciudad, dejando un show para el recuerdo. Por la lluvia, sí, pero también por un mérito propio que termina de ser reconocido con su impecable versión de “Dr Feelgood” y la despedida, emotiva, charlada y rockerísima, de “Home sweet home”.

Y a través de una ventana gris encontré la libertad

Lluvia púrpura caía y soñaba con ser un rockstar.

Rata Blanca –

“Lluvia púrpura” (2003).

En realidad, la lluvia no era púrpura y los Rata Blanca no soñaban sino que eran rockstars. Su show, aunque prolijo, no sorprendió ni conformó a propios ni a afines: fue el mismo set con el que presentan El reino olvidado, más clásicos y algún tema del baúl, como “Chico callejero”. A esta altura, Rata Blanca es más Giardino que nunca, con el violero al frente y el resto al fondo, con Barilari chapoteando mientras piensa qué fraseo colar entre tanto virtuosismo guitarrístico. Horcas, con Walter Meza cada vez en mejor forma, brindó su lucha por el metal, buscando encontrar la libertad. Y Kiss My Ass encantó a cientos en una pequeña carpita olvidada entre los charcos.

En BL te concedemos un gusto de aquellos, te publicamos para que lo puedas disfrutar a full los videos que reviven aquella noche única, tanto para nosotros como asimismo para la legendaria banda californiana.

Bajo la lluvia, nunca visto, así fue la fiesta que se vivió en nuestro país.