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Jorge Oliva Espinosa, falleció hace un año en su país natal, CUBA.

Reconocido profesor Universitario, y autor de varios libros, Oliva, traicionado en su buena fe por su alumno George Rudd Vilá, el cubano que asesora en el armado estratégico de nuestra ciudad a la intendenta Fernanda Antonijevic, antes de fallecer, escribió esta nota, la cual fue dirigida a todos sus amigos de nuestro país.

En ella detalla todo lo que hace a su obra, exterioriza su dolor por lo acontecido en torno a quien lo conceptualizaba como SU PADRE, y además, pide a sus amigos argentinos, que difundan este hecho.

NOTA 

Jorge C Oliva Espinosa. Escritor Cubano

MI PRIMERA NOVELA

— MI PRIMERA NOVELA
Por Jorge C. Oliva Espinosa

Comenzaban los años noventa del siglo pasado, nuestro país se
adentraba en una profunda crisis, su PIB se había desplomado y su
propia existencia como nación corría peligro. La «poderosa Unión
Soviética» se desintegró y los países del llamado «campo socialista»
decidieron regresar al capitalismo.

De repente, Cuba se encontró sin fuente de suministros, ni mercado para sus escasas producciones; los generosos hermanos de las vísperas, se convirtieron en exigentes acreedores, que reclamaban el pago de cualquier transacción en moneda dura, poniendo fin al beneficioso intercambio comercial que hasta ese
momento nos mantenía a flote.
Como por arte de un maleficio, todo comenzó a escasear, nos vimos hundidos en la penuria y el desabastecimiento se generalizó. La falta de materias primas paralizó muchas fábricas; mientras que la escasez de combustible para el
transporte y la generación eléctrica, afectó al resto.
Nuestros pueblos y ciudades se sumieron en la oscuridad, parecíamos un corazón infartado, algo que se revolvía en sus últimos estertores y que
amenazaba con paralizarse en cualquier momento.
Como defensa ante la agobiante realidad, me atrincheré en la cátedra universitaria y en mis recuerdos.
En la primera, hacía años ya que, entre clase y clase, relataba a mis alumnos, episodios que viví y que podían servirles de inspiración y guía. La evocación de un pasado del que me sentía orgulloso, comenzó entonces a tomar cuerpo en relatos que escribí en forma novelada; fue así que nació «EL TIEMPO QUE NOS TOCÓ VIVIR», testimonio que mi generación tenía el deber de trasmitir a la presente y a las futuras.
Era la parte que me tocaba pagar de aquella deuda y constituía un proyecto ambicioso; pues abarcaría todo el tiempo transcurrido desde mi toma de conciencia, la que me convirtió de ser biológico en ente político, hasta los cruciales momentos que vivíamos.
Y me entregué por entero a vestir con palabras escritas mis recuerdos.
Mientras tanto, más realistas, tres ex alumnos míos, ya ingenieros
graduados, convertían mi extenso patio de Fontanar, en huerto
productivo de yuca, maíz y boniatos. Aquella labor productiva
contribuiría a paliar el déficit de alimentos de cuatro familias
cubanas.
Diez años atrás, siendo estudiantes, dos de ellos, habían
venido a vivir con nosotros a nuestra casa y poseían llaves de la
misma: George y Roberto.
Ambos tenían algo en común: eran hijos de padres desaprensivos, que habían priorizado sus trabajos y los deberes de sus altos cargos en detrimento de la atención debida a los hijos y a la familia.
Los dos encontraron en mi hogar cama y mesa y en mí la figura paterna de que carecían y añoraban. Como a hijos los traté y como hijos se comportaban. Asumían deberes filiales que nadie les imponía y de los derechos se apropiaban como cosa natural. Así, era frecuente que al llegar de nuestros trabajos, mi esposa y yo los encontráramos enfrascados en la limpieza de la casa o en la chapea del patio, o que, en representación nuestra, asistieran a las reuniones de padres que se efectuaban en la escuela de nuestros pequeños hijos.
Durante todo ese tiempo, nuestros lazos afectivos se habían ido
estrechando, haciéndonos una verdadera familia.
Habíamos asistido a sus graduaciones como profesionales, seguimos con interés sus desarrollos, compartimos cada episodio de sus vidas, nos alegramos de sus éxitos y nos preocupamos por sus problemas; así los vimos contraer matrimonio y convertirse en padres.
Con estos antecedentes, lleno de las ilusiones de todo soñador, cuando
en 1994 George salió para una beca de posgrado en España, le entregué
tres copias de mi primer engendro literario.
Él debía presentar los tres ejemplares al concurso de novelas que le pareciera más propicio.
No bien llegó, sus noticias no pudieron ser más decepcionantes: «todos
los concursos estaban amañados, no valía la pena probar». Sin embargo,
dejaba una esperanza en un encuentro que relataba como casual: «El
alemán Harald Zeese, acaudalado empresario a quien había atendido como
posible inversionista hotelero en Cuba, ofrecía gestionar la
publicación de mi novela.» Mi aprobación fue espontánea; si esa era la
única posibilidad de publicar, debíamos probarla. Al año siguiente,
regresó George de su beca y no tardó en seguirle y llegar a La Habana,
una joven argentina que había sido su condiscípula del posgrado y con
la cual, era evidente, le unían lazos amorosos.
Luego de una breve
estancia entre nosotros, la argentina volvió a su país y George no
tardó en seguirle, después de deshacer su matrimonio cubano de forma
traumática.
Atrás dejaba una hija de apenas cuatro años y una patria que no sería ya su residencia permanente.
Desde Buenos Aires, donde procuraba asentarse, daba noticias de su nueva vida, pero de la novela y de las gestiones por publicarla nada. Así llegó el año 1998 y amigos, desde España, me felicitaban por la publicación de mi obra,
pero se extrañaban que, en la misma, se dijera que mis dos nombres y
apellidos eran solo el seudónimo tras el cual se ocultaba un «héroe ya
fallecido de la Revolución Cubana que había dejado a su hijo aquella
obra autobiográfica para que se publicara después de su muerte».
La novela se anunciaba por Internet como «testimonio de una generación
ante el fracaso de los ideales por los que luchó».
El nombre del fallecido héroe no se daba a conocer, pero más extrañeza les causó a mis remitentes, el leer que yo había sido un piloto de guerra, de los
pocos que pelearon en Playa Girón, que había recibido condecoraciones
del Viet Cong y que, a su regreso a Cuba, había sido purgado por
disidente. Los datos biográficos correspondían en parte a Douglas
Rudd, el padre de George, quien me remplazaba como oculto autor de mi
obra. Efectivamente, Douglas había participado como piloto contra la
agresión mercenaria de 1961.
Pero más tarde, había pasado a la
aviación civil, donde se involucró en un plan de secuestro de su avión
y posterior deserción; por ello fue juzgado y la sentencia se limitó
al retiro de su licencia como piloto.
Nunca fue un luchador contra la dictadura batistiana; por el contrario, perteneció a la fuerza aérea de Batista y desertó de la misma cuando disfrutaba de una beca en los Estados Unidos.
Así, suplantada mi autoría y desfigurada la biografía del supuesto autor, con mi nombre convertido en seudónimo, apareció mi novela.
Desde Buenos Aires empezaron a llover explicaciones incongruentes que nada aclaraban.
Después de negar que la novela había sido publicada, cuando lo enfrenté a testimonios recibidos en contrario, George me felicitaba por la «esperada conversión de mi obra en libro»; evento que le había sorprendido tanto como a mí y añadía que parecía haber tenido buena acogida y que me enviaría un ejemplar «comprado de su peculio». Nada de los contratos firmados que habían posibilitado su publicación, ni de sus cláusulas; una de las cuales,
tal como se estila, debía ser la entrega de un número de ejemplares de
forma gratuita.
Evasivo, cuando le solicitaba esos detalles elementales, él respondía con informaciones que no tenían nada que ver con mis preguntas y que muchas veces contradecía en su próximo mensaje.
Aquello era bien extraño, pero al comienzo de 1999, llegó el ejemplar prometido acompañado de una carta.
La portadora era la nueva cuñada argentina de George, la que llegaba como turista a Cuba.
Como dedicatoria, en la primera página de aquel libro, George justificaba
la suplantación de mi autoría, como una forma de protegerme contra
posibles represalias gubernamentales y como póstumo homenaje a su
padre.
En la carta añadía nuevas incongruencias.
La obra no tenía mercado, apenas se vendía y habría que esperar a la liquidación de ventas que harían las editoriales para recibir un porciento como
dividendos. (¿Las editoriales? ¿Más de una? ¿Cuándo se efectuaría
dicha liquidación? ¿Qué porciento me correspondía?). Acerca de lo
pactado en los contratos, George se limitaba a informarme que: «De la
parte que me tocara, serían deducidos los gastos incurridos por el
inversionista Harald Zeese; esos gastos incluían pago a los
traductores, publicidad, comisiones a las Agencias Literarias y viajes
de gestión».
Mientras tanto, amigos en México, Estados Unidos y España, me informaban que mi novela se vendía como «pan caliente» y que ya se había agotado en las principales librerías de Miami, Barcelona y el mexicano D.F. Otro amigo, esta vez desde Alemania, me decía de la aparición de una edición alemana (la segunda) de «El Tiempo que nos tocó vivir»; este hijo de cubano y alemana, como era de armas tomar, había llamado a la editora AufBag Verlag y allí le habían dado la dirección de un tal Thomas Colchie, representante literario
del supuesto autor, que radicaba en Detroit, New York.
El componente imperial aparecía y un abismo de insalvables contradicciones se abría entre lo que declaraba mi ex alumno y los testimonios que recibía yo
de distintos lugares del globo.
Algo andaba muy mal. O mi muchacho había sido víctima de estafadores internacionales, o era ejecutor de la estafa y mentía descaradamente. Así, entre evasivas y contradicciones, llegó el año 2000.
Para aclarar las atormentadoras dudas, escribí a las editoriales española y alemana y al señor Colchie. La editorial Plaza y Janés, radicada en Barcelona me respondió que había editado la obra por encargo de la Agencia
Literaria Mercedes Casanova, representante del agente Thomas Colchie;
mientras la alemana decía haber negociado las condiciones del
contrato, directamente, con este mismo señor, al que había adelantado
35mil dólares.
Las informaciones convergían sobre la intervención de
un norteamericano en el asunto, por lo que me incliné a ver la mano
enemiga tras las bambalinas.
Del error me sacó una llamada que recibí desde el mismo New York. Era el agente literario Thomas Colchie.
A través del teléfono escuché, asombrado, su voz que reclamaba, en
deplorable castellano, inocencia en el engaño y que ofrecía devolverme
lo ya cobrado como honorarios por sus gestiones.
Rechacé la oferta y él prometió enviarme escaneados todos los documentos referidos a la publicación que obraban en su poder. No tardó en cumplir su promesa y, estupefacto, leí documentos donde constaban los miles de dólares
pagados por las editoriales como adelanto y las transferencias
bancarias remitidas por el Señor Zeese a George Rudd en Argentina. De
paso, me aclaraba Míster Colchie que los gastos de traducción los
asumía cada editorial y que todas, como era usual, pagaban un
significativo adelanto en el momento de firmar el contrato. Añadía una
editorial francesa que también había publicado mi texto traducido al
idioma galo. Esta última, la «Hachette Literátures» de París, en su
nota de solapa, anunciaba que «por haber podido escapar de Cuba su
hijo, ahora era posible revelar el nombre del verdadero autor: Douglas
Rudd.» Se redondeaba así la canallada.
La reacción de George fue la del ofendido, yo había desconfiado de él
y había creído lo que me decían otras personas. El hecho de yo haberme
dirigido a las editoriales cerraba toda posibilidad de cobrar algo,
pues el Señor Zeese se abstendría de toda acción ante el escándalo que
yo había formado. Todavía yo me negaba a las evidencias y quería
pensar que George era tan víctima como yo. Sin embargo, sus siguientes
afirmaciones me probaron lo contrario.
Aseguraba no haber cobrado nada y que los 500 pesos que me había enviado, a través de un turista argentino, eran producto de su bolsillo. Ya no podía caberme duda alguna de su infamia, la que me sumía en honda depresión. No obstante, y para ver hasta dónde llegaba, mi esposa le envió la parte superior,
solo esa parte, de las transferencias bancarias despachadas a su
nombre.
Y la respuesta fue inmediata: correspondían a préstamos personales solicitados por él a Zeese.
Entonces, para quitarle de una vez la máscara de Tartufo, mi mujer envió la parte inferior de dichos documentos, donde se declaraba el motivo de estos envíos: «Pago por Derechos de Autor».
Dante destinó para los traidores la cuarta zona del noveno círculo de
su infierno, el más profundo y siniestro; no pudo escoger lugar más
indicado, pues la traición, como toda obra maligna, lleva implícita la
crueldad.
El traidor obra desde la sombra, con lo inesperado a su favor; tiene plena conciencia de que causará sorpresa, dolor y daño, pero confía en que la confianza que la víctima ha depositado en él, le garantiza el éxito de su acción y la impunidad. En ese sitio del Averno, donde reina Judas, el que vendió a su Maestro por treinta monedas, debe tener reservado su lugar aquel ex alumno a quien amé tanto y que terminó hundido en el lodazal de mentiras con que
pretendió ocultar su felonía. Sin duda, mi infirió un profunda herida,
pero la lealtad encontrada en muchos nobles corazones, me permite
conservar mi filantropía y mi fe en la amistad.

PD: Me ha costado muchos años, el poder describir esta infamia. ¡Dolía
demasiado y aun duele! Ruego, encarecidamente, a todos mis amigos
radicados en Argentina, que divulguen entre sus compatriotas esta
denuncia, pues el monstruo vive, actualmente, allí.