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No laves los pisos

Una familia decide alquilar una quinta en las afueras de Baradero para festejar el cumpleaños de su pequeño retoño quien ya cumplía los seis años de edad. Precisamente cerca del cementerio parque. Lugar  que queda emplazado casi sobre la ruta n°9.
En un comienzo los padres se debatían entre alquilar un salón de eventos o festejar el dichoso día en su casa. Pero resolvieron finalmente reservar todo un fin de semana  una casa de campo. Idea que optó  la madre luego de debatir el asunto con una amiga suya. De hecho esta modalidad actualmente está muy en uso. Por  un módico precio se puede hacer uno con una casa de fin de semana  y pasar el o los días con todos los parientes y amistades. Siempre y cuando se respeten las cláusulas que proponga el dueño. Por lo general no se pide otra cosa que devolver las llaves del predio con todo limpio y ordenado.
Por cuestiones de tiempo solo el padre se presentó a la visita de reconocimiento. La dueña de la propiedad vivía lejos por lo que acordaron justo un día  y hora laborable para su mujer.
El paseo por el predio no fue muy prolongado. La piscina del lugar estaba correctamente vallada por lo que no representaba un riesgo directo para los niños que asistirían al evento del sábado. Por lo general parecía marchar todo sobre ruedas hasta que la propietaria decide hacerle un llamado de atención en particular. Estando dentro de la casa le pidió muy seriamente al locatario que por favor no lave los pisos y menos el de la cocina. El hombre tomó eso como una “gauchada”; como un labor de menos a la hora de devolver las llaves.
Por fin el gran día llegó. La familia se avocó a hacer los arreglos para recibir a los niños. Había muchos compañeritos de la escuela y amiguitos de barrio que asistirían. Y si todo marchaba bien quizás hasta algunos de ellos se quedarían para una pijamada.
La fiesta resultó mejor de lo que todos esperaban. Todos los niños asistieron y se divirtieron muchísimo. Hasta tuvieron tiempo de jugar en la piscina del lugar. Siempre bajo supervisión de algunos padres. La mamá y la abuela del niño fueron las encargadas de comenzar con la limpieza. El padre por su parte, fue el que se encargó de despedir al resto de los invitados y organizar todo aquello que quedaba en el patio. Había mesas y sillas plásticas que debía volver a guardar. También limpiar la parrilla. Mientras la mamá atendía un llamado telefónico a su celular, la abuela encontró en un pequeño armario algunos adminículos de limpieza. Le pareció un acierto poder trapear el piso de la casa para  una limpieza más profunda. Luego de un buen rato el papá entró en la  casa para encontrarse algo contrariado que, lamentablemente sin saberlo, su suegra estaba violando el expreso pedido de la propietaria del lugar. Comentó el pedido de aquella con cierto pesar. Controlando un poco su emoción por respeto a la mujer que se había tomado la molestia y porque estaba totalmente ajena a conocer aquel detalle particular.
La noche llegó como un manto cansino. Algunos niños decidieron quedarse a dormir con el cumpleañero y de paso luego de comer, hacer unos partidos en su consola nueva. Más tarde el padre los encontraría rendidos del sueño y con la tv encendida aún. Apagó todo y sonriendo se marchó al verlos dormir profundamente.
Fue en la madrugada que la familia comenzó a percibir sonidos perturbadores que venían desde la cocina. Ollas y sartenes golpeándose; platos entrechocándose; pasos inclusive. El papá decidió inspeccionar con extrema cautela con teléfono en mano para poder llamar a la policía llegado el caso que se trate de ladrones que se colaron en la casa. Seguramente para él hubiera sido más tranquilizador  haberse encontrado con ladrones puesto que para una deleznable sorpresa no encontró nada ni nadie en el lugar. Volvió a dormitorio tranquilizando a su mujer diciendo que seguramente se trataban de algunos perros callejeros hurgando en la basura. Aunque mucho lo intentasen, esa noche ya no podrían dormir porque “los perros” no cesarían de hurgar.
Todavía más perturbadores momentos sobrevendrían al otro día. Si bien el desayuno y el almuerzo transcurrieron como una huella apenas semejante al festín del día anterior. Ya para la tarde los nervios de los padres se tensaron al escuchar que los niños abandonaron la piscina porque decían ver rostros en las profundidades de la misma. Más tarde uno de los niños se alejó demasiado yéndose hasta la garita de vigilancia que se encuentra cerca de la entrada. Desde lejos podían ver que gesticulaba con sus manos de manera tal que parecía que hablaba con alguien. El susto fue mayúsculo cuando, al ir a buscarlo, el niño aseguraba estar hablando con  “un señor”.
Pero la frutilla del postre vino cuando decidieron averiguar el “porqué” de todos estos eventos anormales y si guardaban relación con aquella violación del reglamento propuesto por la dama. Al revisar en la cocina y sus intersticios. Encontraron disimuladamente oculta, una puerta trampilla en el suelo de la cocina. No hubo necesidad de abrirla. Tenía candado pero además, entre tantos símbolos y garabatos dibujados en su superficie se hallaba uno. Uno en particular del que   Hollywood nos ha provisto sobrados argumentos para temer y que llevó a esta familia a empacar todas sus pertenencias, cerrar todo en lo posible y abandonar el lugar con prisa.
Se dice que los símbolos son semejantes a los elementos. comparación válida puesto que pueden usarse tanto para el mal como por el bien. Pero estas personas no estaban de buenas para averiguar el significado de ese gran pentagrama garabateado en la superficie de la trampilla.
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