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Queremos estar en pareja pero, además, queremos estar con otras personas además de nuestra pareja. ¿Es una cuestión de culpa o de celos? ¿Se puede separar la sexualidad del amor? ¿Todos somos opend mind hasta que nos cagan? Una historia y más preguntas para responder con la época.

Por más progres que seamos, siempre que pensamos en una relación de pareja la primera imagen que se nos aparece es la de un hombre y una mujer, o a lo sumo, dos hombres o dos mujeres, pero siempre dos.  Aunque es posible que muchos de nosotros queramos experimentar el poli amor, la distancia entre la idea y la práctica parece crear una auténtica grieta.

Cuando nos planteamos a nosotros mismos una pregunta en torno a una relación abierta o poli amorosa, nos cruzamos de frente con nuestros propios prejuicios y contradicciones: celos, inseguridades y temor.

¿Se puede abandonar el “me cagó” y construir una manera de relacionarnos por fuera de la monogamia y, además, vivir sin culpa?

Hace unos meses J tocó el timbre en casa, se sentó en el sillón y arrancó el repertorio:

-Me dijo Lucas que quiere una relación abierta.

Su novio, con el que salía hace tres años, de la tradicional y estructurada monogamia. Dicho de otra manera: quería acostarse con otra mujer, a la que le puso nombre.

J tenía el cuerpo lleno de preguntas; se encontró frente a todas sus contradicciones. No porque la propuesta le pareciera descabellada: ella misma se había sentido atraída hacia otras personas. Pero la propuesta concreta de pasar de la idea a la acción, hizo que todo se volviera confuso.

-Yo no creo que esté mal tener ganas de estar con otra persona, pero qué se yo, como que nuestro mapa de sentimientos también está configurado en torno a la idea del “vivieron felices por siempre”. En fin… no sé qué mierda hacer.

Como J, todos en algún momento nos preguntamos en torno al amor, a la monogamia, a la sexualidad, al deseo. Durante mucho tiempo todo eso perteneció al terreno de la fantasía, y hoy parece abrirse la posibilidad a transformar verdaderamente las relaciones de pareja.

En un momento en que discutimos tanto los mandatos sociales, quizá deberíamos atrevernos a cuestionar la institucionalidad que se le dio al amor pensado como una relación de exclusividad  entre dos personas.

Cuántos de nosotros experimentamos deseos sexuales hacia otras personas estando en una relación de pareja; cuántos contamos con experiencias de infidelidad en nuestro corto prontuario de relaciones; y, sin embargo, cuando una relación acabó porque una de las dos personas se acostó con otro, tendemos a construir nuevamente relaciones de “exclusividad”.

Debemos comprender que el amor monogámico funcionó en un primer momento como ordenador social. Y en torno a él, se generó una institucionalización del amor al servicio de la reproducción de un sistema en el que de ese modo se conservaba el orden y el buen funcionamiento de la trama social. Esta concepción surgida hace varios siglos también generó una trama de significaciones que se reprodujeron tanto que pensar hoy en modificar la forma en que nos relacionamos abre un abanico de contradicciones.

Porque con esta idea del amor exclusivo se construyó un sentido de propiedad sobre la otra persona y la asociación inseparable entre el amor y la sexualidad. Si el amor no es algo estático, sino que varía según el contexto social y cultural que lo define, es tiempo de que nos atrevamos a pensarlo y vivirlo de otras maneras.

En definitiva todo se trata de una elección. Elegir cuánto de la sexualidad es parte del amor, o cuánto del amor es parte de la sexualidad. O repensar si es verdad que son un todo indisoluble como nos contaron.

¿Amor y sexualidad son la misma cosa?

En la idea del otro experimentando su sexualidad con una persona que no somos nosotros existe el miedo de que eso que construimos, se derrumbe. De perderlo todo. Incluso cuando somos conscientes de nuestro propio deseo o atracción hacia una persona que no es nuestra pareja, seguimos construyendo relaciones en las que lo reprimimos o lo convertimos en un secreto.

Quizá debamos empezar a preguntarnos cuánto elegimos que el amor y la sexualidad estén estrictamente vinculados o no. Que pensemos que el modo en que construimos relaciones ahora está atravesado por una construcción social e histórica que funcionó en un momento, como ordenador de la sociedad que hoy conocemos, pero que también dio cuenta de su fracaso. No en todos los casos, pero en muchos erosionó la manera en que nos relacionamos.

Porque no es tarea fácil asumir el riesgo de cambiar la manera en que nos dijeron que tenía que ser y romper las concepciones sociales que llevamos dentro desde siempre. Menos cuando están involucrados los sentimientos. Pero  lo que sí debemos hacer es abrir la puerta para ponerlo en cuestión; hacernos preguntas, probar, construir relaciones más sinceras. Y no se trata simplemente de abrir la puerta a tener relaciones sexuales con otras personas: es en definitiva una manera de reprimirnos menos. De construir vínculos más saludables, en donde la pasemos mejor, en donde exista la posibilidad de hablar con el otro con todo lo que somos, pensamos y sentimos. Del modo en que cada quien tome la decisión de hacerlo.

No existe un manual. No existe una fórmula. De eso se trata de cuestionarla.

J se separó de su novio poco tiempo después de ese planteo. Y ahora tiene otra relación, que prefiere no definir. Dice que no sabe qué puede pasar mañana. Lo que sí está claro es que le quedaron muchas preguntas, todavía sin respuesta…

@catadowbley