Todos los que tienen gatos son capaces de reconocer cuándo les pasa algo. Sólo con mirarlos, con ver cómo se comportan, ya sabemos si algo anda mal. ¿O no? Porque igual estamos malinterpretando sus gestos, o incluso achacándolos a cuestiones que no son las reales.

Para solucionar este problema, y poder tratar a estas mascotas como se merecen, un equipo internacional de veterinarios ha tratado de deducir y describir las expresiones de estos felinos, para que sirvan de guía tanto para dueños como para expertos. Una guía de “caras”, por así decirlo.

El problema… bueno, que no existen. Después de un estudio en profundidad, llevado a cabo a lo largo y ancho de todo el mundo, los científicos han llegado a una conclusión clara: no hay manera de saber exactamente lo que le pasa a un gato, sólo estudiando sus expresiones faciales y su comportamiento.

No es que no se haya aprendido nada. Los investigadores separaban cada expresión, cada “pista” que daban los gatos, en dos grandes grupos. O bien eran “suficientes” – si el gato la presentaba, es porque estaba afectado – o bien “necesario”, que daba pistas. Los necesarios, por sí solos no significaban un problema, pero cuando lo había estaban presentes.

Bien, pues no hay ningún rasgo “suficiente”. Al menos, no universal. Pero sí que los hay “necesarios”. De hecho, hay un buen número. Hasta 25 comportamientos nos dan pistas de lo que puede afectar a nuestros gatos.

Algunos de estos comportamientos son bastante claros. Por ejemplo, la falta de acicalamiento – grooming en inglés. Cuando un gato sufre alguna enfermedad, reduce o incluso evita acicalarse. Deja de lamerse y de limpiarse. Y aunque parezca increíble, un ejemplo tan claro es de los que en mayor número de ocasiones se malinterpreta.

Como explican los autores del artículo, la mayoría de los dueños tendemos a pensar que, con la edad, los gatos dejan de acicalarse. Que es algo natural, y casi inevitable. Pero en realidad, es una pista de que algo no anda bien, y de que una visita al especialista no estaría de más.

Otros comportamientos resaltables son una postura encorvada o una dificultad para saltar y llegar donde antes tenía facilidad. O incluso más llamativos, como evitar las zonas con mucha claridad o cambios en las pautas de alimentación – no sólo que el animal deje de comer, si no que pida mucha más comida de lo normal.

Los propios investigadores resumen muy bien los resultados de su estudio. No han conseguido llegar donde pretendían, pero al menos estamos algo más cerca. Y todo lo que podamos aprender sobre los felinos domésticos no sólo les ayudará a ellos, también a los salvajes.