12662437_10208602074075659_7814135867232479911_n

Por Pablo Ariel Gonzalez

Incapaces de gestar proyectos superadores, los aspirantes a la sucesión apelan a descalificar al rival para posicionarse.

Esto es más que moneda corriente en el paisaje selecto de nuestra clase política de hoy y de siempre.

Erróneamente, muchos de nuestros dirigentes políticos creen que la llegada a un cargo los transformó en genialidades, en ilustrísimos compatriotas a los que hay que escuchar impávidos como si se trataran de grandes profetas.

La realidad señala que la genialidad no se adquiere por cargo, ni por ósmosis, ni por contagio. La genialidad es producto de una curiosa combinación de atributos en el que la inteligencia es esencial pero no es el componente más destacado.

Los genios fueron y son genios porque tuvieron y tienen una lectura de la realidad extraordinaria y un sentido de la necesidad de cambio muy desarrollado. Y aunque parezca increíble en sus desarrollos han tenido notable influencia los comentarios y vivencias de personas corrientes pero con gran sentido común.

En tal sentido, ¿qué podemos esperar de la clase política si no es capaz de escuchar al pueblo, si no es capaz de leer lo que el pueblo necesita para crecer genuinamente?

Nos topamos a diario con políticos petulantes, arrogantes, incapaces de autocrítica, incapaces de reconocer alguna virtud en el opositor político, y que se solazan en su séquito de chupamedias a la hora de evaluar sus gestiones.

Pasan los años, pasan los dirigentes, pasan los gobiernos, y la tropa de chupamedias siempre sigue, renovada desde sus nombres y personajes, siempre sigue ahí, poniendo férreos e infranqueables limites entre la realidad del afuera y la ficción del palacio por donde desfilan los que deciden nuestros destinos, el mío, el tuyo, el de todos y todas los que llenamos de sustancia y contenido a nuestra sociedad.

Ése es el motivo por el que en muchas ocasiones los electores terminan eligiendo a personas con capacidad para escuchar, para sensibilizarse con el dolor del otro, y para diagramar un programa de gobierno con anuncios sencillos pero realizables.

En tal sentido, la clase política local ha dado sobradas muestras de soberbia a apenas días de asumir en el poder.

Hay que hablar claro de una vez: por todas, en dos meses no han dado respuesta a ningún pedido llevado a cabo a los efectos de conocer cuestiones básicas que hacen a la cosa pública, en ese sentido debemos decir que nunca se publicó el organigrama municipal, ni se le facilitó a todos aquellos que lo pidieron formalmente ante la autoridad correspondiente,, todavía no sabemos cuántos empleados nuevos han ingresado a trabajar al municipio desde el 10 de diciembre a la fecha, nunca se explicó cómo fue adjudicada la cantina a un privado en el festival de folclore que se desarrolló el fin de semana pasado, han dejado de atender de manera personalizada a muchísimos vecinos de nuestra ciudad, han enviado a los sabuesos de rentas a quién se atrevió a levantar en público la voz en contra de ellos y sus actos, han mentido descaradamente a la sociedad baraderense cuando al comienzo de su gestión invocaron la existencia de una deuda en el municipio de 65 millones de pesos que nunca existió, han incurrido en conductas impropias de gobiernos conciliadores y democráticos tales como perseguir y castigar a a aquellos empleados marcados por ellos como identificados con la administración política saliente, han demostrado ser muy poco trasparentes al punto tal que todavía no han publicado ni un solo boletín oficial desde que asumieron a la fecha.

A diferencia de los que muchos piensan y creen nuestras críticas en lugar de buscar destruir lo que intenta es hacerlos reflexionar sobre algunas cuestiones que hacen a la esencia de su llegada al gobierno y al núcleo de su sustentable credibilidad en la sociedad que los votó e incluso también de  la otra, ya que su mayor caudal de apoyo popular no radica en lo que prometieron que iban a hacer, sino por el contrario, en lo que aseguraron que jamás repetirían.