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Se estima que cada año se matan unos 35.000 elefantes en todo el mundo para saciar la sed de marfil de los contrabandistas. Si este ritmo de asesinatos continúa, en menos de 50 años la población de esta especie se extinguiría por completo.A pesar de este dato, en muchos países se permite su caza, como en Sudáfrica, Namibia, Tanzania, Mozambique, Zimbabue o Botsuana. En estas naciones, para matar un elefante hay que pagar entre 7.000 y 20.000 euros.

Pero aunque sea lícito matar a estos animales en esas naciones, otros países intentan de alguna manera acabar con este sangriento negocio.Por ejemplo, la Unión Europea prohibe la importación de trofeos de caza de elefantes, para evitar que los multimillonarios del Viejo Continente viajen a África en busca de ellos.

El material del que están hechos los cuernos de los elefantes es un bien preciado para muchos, que lo utilizan para fabricar adornos o joyería. El mercado negro de marfil mueve centenares de millones de euros al año, y una forma de controlarlo son las llamadas quemas: los decomisos de marfil son quemados en público para mostrar que no valen para nada y para dar ejemplo en la lucha contra la caza ilegal y el contrabando de animales.

El último de ellos se ha producido en Sri Lanka. 359 colmillos de elefante africano, más de una tonelada y media, un lote valorado en cerca de 2,7 millones de dólares en el mercado negro de marfil ha alimentado una gigantesca pira en Colombo, la capital del país.

Según informa National Geographic, la quema de marfil es un acto habitual, que ya se ha llevado a cabo en países como Tailandia o Kenia,  pero la de Sri Lanka ha sido una quema especial: ha sido la primera en la historia en la que se ha pedido perdón a los elefantes. Se ha celebrado una ceremonia budista de bendición para los animales sacrificados a la que también asistieron representantes de otras religiones.

El material fue incautado en el puerto de Colombo tras registrar las autoridades un barco que procedía de Kenia y que tenía como destino Dubai. Según un análisis de ADN, los colmillos pertenecían a elefantes de Tanzania.  

“Los elefantes son familia. Consumimos el mismo agua y respiramos el mismo aire. Compartimos todo. Somos familiares. Con suma simpatía y compasión, deseamos que su próximo nacimiento sea feliz”, explica el monje budista Sobitha Thero a National Geographic. “Ni el budismo ni las demás religiones toleran el asesinato ni la crueldad con los elefantes”.

Sri Lanka juega un papel fundamental en el mercado negro del marfil. Su situación, entre África, Oriente Medio y Asia hace que muchos barcos amarren en sus puertos, en donde también se cierran jugosos negocios en los que se mercadea con tan ilegal material. Además, la nación cuenta con una numerosa población de elefantes -en torno a 6.000-, que están protegidos por estrictas leyes que prohiben su caza o maltrato.