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Hay momentos en los que nuestros hijos nos llevan al límite, y es cuando parecen indomables, como si nos hubieran declarado la guerra. Hablar o intentar razonar con ellos no surte efecto, y sentimos que la única manera de que aprendan lo intolerable de su comportamiento es castigándoles.

En ese momento estamos haciendo recaer el foco del problema sobre el niño; que es un mal educado, pesado, egoísta, rebelde, tirano, etc., por lo que concluimos que el castigo es la única actuación posible para los de la vieja escuela, y “time out” y “gomets” la solución que eligen los más alternativos. Yo, sin embargo, os propongo analizar la situación desde otra perspectiva.

Parémonos a pensar que mensaje se esconde tras ese comportamiento  y tratar de dar así con el origen del problema. Los niños no son tiranos, rebeldes o caprichosos por naturaleza. Diferentes razones pueden llevar a un niño a adoptar comportamientos indisciplinados. La primera es que se estén (o estemos) violando o no satisfaciendo, momentáneamente, alguna de sus necesidades básicas y a falta de otros recursos nos lo comunique a través de actitudes negativas. La segunda razón podría deberse a una fase del propio proceso evolutivo del niño que les hace probar reacciones, saciar su curiosidad, o perseguir incansablemente un determinado objetivo. Y la tercera razón se generaría al violarse sistemáticamente las necesidades del niño; lo que se traducirá en un comportamiento repetidamente negativo por parte de éste y a nosotros a ese sentimiento de impotencia descrito al principio.

En el primer casoen el que a un niño le esté superando una situación de manera puntual (cansancio, demasiadas horas en el coche, un día de muchas prisas, muchas horas con mucha gente alrededor, mucho rato sin poder moverse, sueño, hambre, sed…) y eso le lleve a portarse mal (pegar, montar jaleo desmedido, llorar desmesuradamente), hay que tener claro que la responsabilidad de romper esa situación recae sobre nosotros. Lo único que podemos hacer, si nos es posible en ese momento, es dar fin a la situación que está desbordando a nuestro hijo, y tratar de mostrarnos empáticos con sus sentimientos. Amenazas, castigos y gritos son en este caso injustificados y no solucionarán nada, todo lo contrario, a lo peor reforzarán su mala actitud puesto que el niño está actuando así porque en ese momento no sabe o no puede hacerlo de otra manera.

En el segundo caso, en el que se dan comportamientos negativos puntuales fruto del proceso natural de desarrollo (molestar a la madre mientras intenta mantener una conversación telefónica, hacer volar los macarrones por la cocina, montar un show en el supermercado al negársele un capricho, o saltarse el horario establecido) y dependiendo de la edad del niño se pueden intentar resolver cambiando el chip, ignorando la reacción (pero sin ceder), dando opciones, o en su caso (lo ideal sería las menos veces posibles) con consecuencias lógicas (si el adolescente llega más tarde de lo acordado, no podrá salir el fin de semana siguiente).

Y en el tercer caso, en el que el mal comportamiento del niño se esté dando de forma sistemática como consecuencia de unaviolación sistemática de sus necesidades, es de gran importancia tratar de identificar cuál o en qué radica esa violación.

La buena noticia es que los niños cooperan siempre y es su comportamiento la manera que eligen para comunicarse y el modo de transmitirnos que algo debería cambiar en el sistema familiar. Hay que buscar la motivación que esconde y genera ese comportamiento.

Las motivaciones y materialización más comunes de una mala conducta son:

  • Llamar la atención: “Necesito más atención y ser parte. Incluidme, vedme, hacedme participe”. Se materializa en comportamientos molestos.
  • Búsqueda de mayor autonomía: “Relajar o adaptar las reglas, dejadme tomar algunas decisiones, no me controléis a cada paso, confiad en mí”. Se materializa en guerra de poder.
  • Justicia, salvaguardar la integridad: “Tratadme con respecto, escuchadme y no me valoréis constantemente” Se materializa en acciones de venganza e hirientes.
  • Búsqueda de competencias: “Dadme recursos para superar mis dificultades”. La exteriorización suele ser la introversión y la victimización.

Castigándole o mandándole a pensar, se está ignorando al niño y a su necesidad y poniendo la atención en la mala conducta. De esta manera podremos resolver el problema momentáneamente pero no lo erradicaremos de fondo. El niño aprenderá a actuar en base al miedo a las represalias, o se aprenderá el papel y vendrá con cara de haber reflexionado mucho, pero el mensaje que está recibiendo es que el problema está en él y cuando no consiga reprimir el instinto del mal comportamiento sentirá que es “malo” y que ha “fracasado”. Así que cuando nuestros hijos estén “pasando una fase”, hagámonos preguntas del tipo: ¿cuál es la intención de su comportamiento, qué puede estar ocurriendo en casa que le haga actuar así?. Repasemos las normas que rigen nuestro hogar ¿son todavía vigentes o deberíamos revisarlas?; valoremos la manera en que hablamos con nuestros hijos ¿utilizamos muchas generalizaciones, utilizamos a  menudo el “tú eres”?; repasemos nuestros tiempo compartido con ellos ¿vamos siempre con prisas y gritos o tenemos tiempo de estar con ellos de verdad, de compartir?. Y cuando tienen un problema, ¿les estamos ofreciendo los recursos para que lo resuelvan?; cuando estamos juntos, ¿estamos viendo a nuestros hijos, o solo los problemas que causan?, ¿nos interesamos por nuestro hijos, sus intereses e historias, o solo por lo que pasa en el colegio?; cuando les pedimos algo ¿estamos tratándoles con dignidad y respeto?.

Soy consciente de que es un tema que invita a extenderse mucho más pero esto es solo un post, y tampoco quiero saturar a nadie con un texto interminable. Sin embargo, estaré encantada de leer vuestros puntos de vista y experiencias, y de contestar preguntas concretas al respecto.