images (2)

Hay personas que nos confunden. Personas con un talento o habilidad especial que conscientes de ello se presentan al mundo con gran seguridad en sí mismas. Sin embargo, esa manera excesiva de alardear y ese interés que muestran por empequeñecer con su actitud a los demás resulta sospechosa, hasta incluso nos da visos de una gran inseguridad. ¿Es esto una contradicción?. La percepción de fondo que tenemos de estas personas es acertada, el sentimiento contradictorio que nos inspiran es correcto, pero estamos confundiendo dos conceptos: confianza en sí mismo y autoestima. La persona en cuestión cuenta con gran confianza en si mismo (en sus habilidades), sin embargo tiene un problema de autoestima (de allí la necesidad de reafirmación).

Ambas, la autoestima y confianza, son cualidades deseables. Pero es importante tener claros los conceptos y diferenciarlos para poder apoyar a nuestros hijos y contribuir a que desarrollen una autoestima sana. Si lo logramos, normalmente la confianza en sí mismos no será problema.

Antes de empezar me gustaría recalcar que la noción que tengo de estos conceptos, el matiz de su diferenciación, la importancia de la autoestima o la manera de potenciarla la he tomado de Jesper Juul. Este post es un repaso del tercer capítulo de su libro ‘Su hijo, una persona competente’, cuyo título, Autoestima y confianza en uno mismo, comienza definiendo y diferenciando estos dos términos.

La autoestima es la percepción que tenemos de nosotros mismos. Tener la autoestima alta supone el conocimiento objetivo de nuestras debilidades, habilidades, necesidades, sueños, valores y también el hecho de aceptarlos. Es decir, el hecho de querernos a nosotros pese a todo. Yo diría que es una cualidad estructural.

La confianza en uno mismo es la medida de lo que somos capaces de hacer: de lo que hacemos bien y de lo que no hacemos tan bien. Es una cualidad adquirida, externa y yo diría que coyuntural. Valgo tanto como mi habilidad, si mi habilidad desaparece no valgo.

Un ejemplo que ayuda a diferenciar bien estos dos términos es el del deportista estrella que por cuestión de lesiones tiene que dejar las canchas (sus fans, su público, su excepcional salario). La gente en la calle le deja de reconocer, le van dejando de invitar a las fiestas de moda, y ya no es el centro de las miradas; Poco a poco empieza a beber más de lo deseable y cae en una depresión. La valoración de sí mismo estaba vinculada estrictamente a la bueno que era en algo y al reconocimiento externo. Por tanto, sin éxito en el deporte se derrumba todo él. Probablemente ya existían síntomas de la baja autoestima previamente a esta crisis: quizá ya sentía cierta tristeza y vacío cuando recibía elogios o todos quería ser amigos del “deportista del momento”.
Ahora, retomemos esta misma situación pero con un deportista con la autoestima alta. Esta persona afronta de otra manera las contrariedades. El concepto que tiene de si mismo va más allá de sus habilidades y del reconocimiento externo y busca una alternativa vital para cuando se ve obligado a abandonar su carrera deportiva. Esta persona ha crecido probablemente en un entorno familiar en el que se ha sentido observado, aceptado y tomado en serio más allá de sus dotes deportivas. Sabe que sus amigos, lo son más allá de por ser un persona de éxito.

¿Por qué es tan importante tener una fuerte autoestima?

Un niño o una niña (un adulto) con una autoestima fortalecida no tienen miedo al fracaso, no temen probar cosas nuevas, ni recelan de establecer relaciones afectivas o emocionales, ni tampoco se derrumban ante la adversidad. Son humildes, alegres, no sienten una constante necesidad de alardear de sus logros, y reconocen también sus errores. Son capaces de enfrentarse a la vida con mas confianza y optimismo

Por el contrario, la falta de autoestima se manifiesta con miedo al fracaso, fanfarronería, miedo a la vida, introversión, aislamiento, fatalismo, arrogancia, culpabilidad, abuso de drogas, comportamiento violento, trastornos digestivos, etc.

Si nos centramos meramente en aumentar la confianza en sí mismos de nuestros hijos, nos estaremos ciñendo a una determinada capacidad, a aquello que hacen bien, y así, su autoestima dependerá de esa capacidad o situación donde pueda recrearla. Esto no quiere decir que sea malo intentar aumentar la confianza de nuestros hijos, simplemente hago hincapié en que es importante que no nos engañemos pensando que al reforzarla estamos reforzando a un tiempo su autoestima. Es decir, ser conscientes de que basar la autoestima en nuestras capacidades no nos hace sentir mejor con nosotros mismos. Normalmente, un niño que muestra poca confianza en sí mismo tiene una autoestima baja, y es más fructífero trabajar esa autoestima.

La falta de confianza en uno mismo no es un problema psicológico sino pedagógico y  puede resolverse otorgando recursos: entrenando si hablamos de deporte, reforzando conocimientos si se trata del cole, etc. hasta mejorar la habilidad en cuestión. De este modo, la confianza en uno mismo aumenta con los logros obtenidos.

Niños optimistas: cómo crear las bases para una existencia feliz” de Martín E. P. Seligman que se centra en la dotación de recursos para que nuestros hijos tengan confianza en sí mismos y del que se pueden extraer conocimientos muy válidos. Simplemente insisto en que no perdamos de vista que el bienestar personal de nuestros hijos (y de nosotros mismos) también requiere atención.

¿Y qué necesitan los niños para tener una autoestima fuerte y saludable?

  • Cuando las personas más importantes de sus vidas los ven y los reconocen como son.
  • Cuando sienten que la gente les aprecia por ser quienes son.
  • Sumado a la convivencia y al uso del lenguaje personal.
  • Cuando se sienten útiles (principalmente en el entorno familiar)

Por el contrario enemigos de la autoestima son:

  • Las críticas y los elogios
  • Herir la integridad y las agresiones físicas
  • Niños invisibles
  • Adjudicación de roles

A menudo, los padres tenemos automatizados ciertos comportamientos con respecto a nuestros hijos con los que creemos estar mostrándoles nuestro amor y prestándoles la atención necesaria, y con los que, sin embargo, no les atendemos en lo que de verdad necesitan.  Por ejemplo, típica escena en el parque en el que un niño se sube a lo más alto de un puente colgante y grita “mamá (papá), mira!”. Los padres en vez de mirar, asentir, sonreír, o hacer un comentario sobre lo que debe de estar sintiendo su hijo en ese momento (orgullo, vértigo, diversión, emoción…) nos centramos en alabar lo que ha hecho: “Oh, qué listo eres. Qué bien lo has hecho”. Bueno, también están los otros padres que riñen a sus hijos por haber subido tan alto diciéndoles “ten cuidado, baja ahora mismo de allí, ¿no ves que te vas a caer?”
Estos comentarios, dichos con la mejor de las intenciones, confunden “ser” con “lograr”.

El niño hasta ahora no había considerado que necesitaba ser listo para pasárselo bien en los columpios, lo único que pedía era laconfirmación de su experiencia y de su existencia, además de la necesidad de compartirla con su madre.

En el segundo caso, el mensaje es también contrario a la autoestima porque el mensaje que recibe es “no puedes lograrlo”, y centra la atención no en la experiencia del niño sino en los sentimientos de miedo e inseguridad de los padres. Aunque muchas veces yo creo que ni siquiera se debe a un miedo verdadero, sino que como he dicho antes, responde a un mero automatismo. Padres que piensan que mostrar amor por sus hijos es mostrar preocupación.

Al niño o a la niña les hubiera bastado con un saludo y una sonrisa por parte de sus padres para sentirse observado, querido. Pero aún podemos dar un paso más allá y poner a su alcance información y vocabulario sobre lo que está sintiendo, dotándoles así de unlenguaje personal. Enseñarles a apreciar los diferentes sentimientos que está viviendo: – ¿Cómo te sientes allá arriba? , -¡Debe impresionar estar a tanta altura!, -¿Sientes mariposas en el estómago al mirar hacia abajo?, – A mí me da miedo sólo de mirarte.

Este ejercicio empieza desde que nuestros hijos son bebés, cuando en diferentes situaciones los padres conceden una interpretación u otra a su llanto: “¿Tienes frío?,  “Creo que tienes sueño”, o “Me parece que tienes molestias en el culito, ¡madre mía que rojo lo tienes!”, o “Vaya, me da la impresión de que ya no tienes más hambre”

El dotar a los niños de un lenguaje personal es muy importante ya que todos los conflictos entre personas que son importantes las unas para las otras sólo pueden resolverse mediante este tipo de lenguaje.

A la larga, si no dotamos a los niños de un lenguaje personal perderán el contacto con sus sentimientos y sus necesidades, y también su habilidad para expresarlos. (Situación típica: cuando las familias elogian aspectos más secundarios como acabarse todo lo que está en el plato, en vez de atender y reforzar los sentimientos de saciedad o de gusto que pueda tener un niño).

Elogio y Crítica

Volviendo al tema del elogio, me gustaría que lo que dijera se interpretara a modo de reflexión, de ningún modo como dogma o como algo que hubiera que tomarse de manera rigurosa. Podríamos decir que el elogio no es otra cosa que una valoración, y nuestros hijos necesitan sentirse observados, no “juzgados”. De hecho, los elogios pueden ser tan destructivos como las críticas. La autoestima se nutre mediante el reconocimiento; vendría a significar un: te veo, te escucho, y me tomo tus deseos y necesidades en serio.

Cuando por ejemplo un niño hace un dibujo para su madre que se ha ido de viaje, la madre al verlo podrá reaccionar de dos maneras: puede decir lo maravilloso que es el dibujo y el gran talento que su hijo tiene como pintor, o puede detenerse a pensar que ese dibujo es una muestra de amor de su hijo y así aceptarlo: “Gracias, Martín. Estoy muy contenta de que me hayas hecho este dibujo”, o bien, sentarse con su hijo para que le explique qué es lo que ha dibujado.  Da igual lo que diga mientas sea una reacción autentica y espontánea, y evite evaluaciones. Lo malo  es que la mayoría de las veces la espontaneidad pasa por la valoración, seguramente porque en nuestra infancia la mayoría de nosotros aprendimos que esa era la manera idónea de mostrar cariño. Incluso cambia el modo en que se dirigen a nosotros para compartir lo que quiera que hayan hecho cuando les hemos acostumbrado a una valoración: ya no dicen “mira”, sino “¿a qué es muy bonito?” o “¿a que lo hago muy bien?”. Es decir,  hacemos de los niños seres dependientes de valoración, de manera que sólo se siente queridos y aceptados cuando la que reciben es positiva. A su vez, pueden confundir una crítica con falta de amor ya que se corre el riesgo de que se las tomen de forma personal, “no es el dibujo lo criticado, sino todo yo”.

El elogio, como el castigo, no deja de ser un mecanismo de control. El peligro de mostrar a los hijos cuánto se les quiere mediante el elogio o la crítica es que puede provocar efectos a largo plazo en el desarrollo de su personalidad. Se crean personalidades dependientes y extrínsecamente controladas y suelen tener baja estima y falta de capacidad de autoevaluación. También pueden “malograr” sus vidas intentando agradar siempre a los demás, y comportándose según las expectativas que de ellos creen que puedan tener los demás. O sea, andar siempre en la búsqueda de reconocimiento.

Sentirse útiles

La autoestima de los niños está en gran medida relacionada con su percepción de la importancia que tienen en la vida de sus padres. Cuanto más permitamos que nos den, más saludable será su autoestima.

Agradecerles que nos enseñan a conocer mejor nuestros límites y a nosotros mismos, pero también a conocer nuestra infinita capacidad de amar.

También se sienten útiles si les pedimos su opinión o ayuda en las cosas que ellos manejan con destreza: ordenador, opinión estética, poner una mesa bonita para una cena importante, poner la mesa sin más mientras terminamos de preparar la comida…

Niñas y niños invisibles

images (3)

Observar a nuestros hijos más allá de sus cualidades para que no conviertan en niños invisibles

Algunos niños crecen en familias en las que son niños “invisibles”, es decir, familias en las que nunca han sido “observados” por lo que son o por lo que sienten. Puede suceder durante toda la infancia o la adolescencia o bien únicamente durante ciertos periodos como la pubertad.

Sucede, por ejemplo, con niños con algún problema o virtuosismo específico. Puede ser por tema de peso, de actitud, por su muy malas o muy buenas notas en el colegio, por ser demasiado guapos, por tener una discapacidad, por ser un gran deportista, etc. Los padres en casos así suelen centrarse en el problema, o en la virtud y no ven al niño. Se han olvidado de interesarse por sus gustos, por lo que lee, o por lo que le divierte, quizá hasta de reírse juntos o de contarse anécdotas terminado el día. Todo se centra en el problema o la virtud que sea. Y así se percibe el niño a sí mismo con respecto a sus padres: como un problema o como una virtud. Se siente visto pero no observado más allá de lo que representa para ellos.

Además, niños y jóvenes se convierten en invisibles en sus familias si desde pequeños se les ha asignado un rol: “la niña de los ojos de papá”, “el callado”, “el problemático”, “el introvertido”, “el payaso”, etc.

La integridad y la autoestima también están relacionadas. Si los padres cuidan de la integridad del niño (tomar en serio, sin ofensas, sus deseos y necesidades: véase un post anterior aumenta la posibilidad de que éste desarrolle una autoestima saludable.

En particular, la violencia, y no me cansaré nunca de repetirlo, es una infracción de la integridad del niño y por tanto es perjudicial para su autoestima. La violencia destruye la autoestima y la dignidad tanto de la víctima como del responsable de la agresión.

Muchos padres se preguntan si es posible fomentar una autoestima sana en sus hijos cuando ellos mismo padecen una baja autoestima. Y sí es posible, pero siempre que estén preparados para hacer un esfuerzo activo y consciente en pro del desarrollo de su propia autoestima.