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La educación sexual empieza en el segundo 0 de la convivencia con nuestros hijos. El contacto físico, las caricias, los masajes, las muestras de afecto que otorgamos a nuestros bebes desde el primer día son el primer pilar que les ayudará a establecer una relación sana consigo mismo y con su cuerpo.  Pero también, como ya comenté en un post anterior:

es importante permitir a nuestros hijos que vivan desde muy pequeños experiencias a través de sus propios sentidos: ensuciándose, jugando con barro, arena, o cremas de todo tipo, permitiéndoles también descubrir y experimentar con su cuerpo.

Para ello, tenemos que enseñarles desde muy pequeños que existe la esfera de lo público y de lo privado, y que sus juegos íntimos pertenecen lógicamente a esta última. No estoy diciendo que les incitemos a ello, sino que cuando les veamos experimentar no les censuremos, y les recordemos que eso es algo que han de realizar en privado. Ello exige crear previamente espacio para su intimidad.

¿Y qué pasa con los juegos íntimos con terceros?

Tanto las exploraciones que suceden a solas, como las que se desarrollan en los juegos de a dos o de a tres, tienen como objetivo saciar la curiosidad sobre su propio cuerpo y el de los demás,  pudiendo proporcionarles incluso sensaciones agradables. Los padres deberíamos evitar conceder cualquier interpretación o connotación adulta a estas exploraciones y juegos ya que difieren de la erótica que experimentamos los adultos en similares situaciones.

Además tenemos que ser conscientes que nuestra reacción ante ellas marcará el carácter que el niños en su proceso de aprendizaje impriman a estas experiencias pasando de  la esfera del juego, de la exploración, del estar a gusto consigo mismo,  de lo íntimo a la esfera de lo “prohibido” y evolucionar en esta dirección.

En principio, y siempre y cuando acontezcan de manera espontánea y libre, los juegos y experimentos que sucedan entre niños de la misma edad son parte del desarrollo normal que sacia su curiosidad natural. Sin embargo, es recomendable evitar este tipo de juegos en niños entre los que diste mucha diferencia de edad, ya que al encontrarse en momentos diferentes de su desarrollo concederán a los juegos connotaciones diferentes.

El lenguaje sin tabús y eufemismos. Los padres nos comunicamos a cada rato con nuestros hijos desde que son bebés, sin embargo, desde el primer momento cuando les cambiamos los pañales, los bañamos o los vestimos, no sé sabe muy bien por qué, tenemos la extraña costumbre de hablarles con eufemismos, inventándonos nombres que aluden a las partes del cuerpo relacionadas con los órganos sexuales. (Mi marido, austriaco, se hacía cruces cuando yo ante la vulva enrojecida de mi hija, les decía: “¡pero que culito tan rojo!”). Esta actitud potencia la idea de que el ano, el pene, la vulva, la vagina, los testículos son partes sucias e indignas. Por eso, si queremos que nuestros hijos tengan una relación sana con su cuerpo, se quieran y se cuiden (lo que conllevará una vida sexual sana, plena y satisfactoria en el futuro) les ayudará saber que son partes de nuestra anatomía al igual que nuestros brazos y nuestras piernas y que merecen ser nombradas con total naturalidad. Por supuesto, que se pueden intercalar en los juegos nombres fantasiosos o divertidos pero sin dejar de llamar a las cosas de vez en cuando por su nombre

¿Qué pasa si nos pillan?. En principio es sano que nuestros hijos nos vean como personas activas sexualmente (si es que lo somos). Esto no quiere decir que tengamos que pavonearnos en esta actitud o hacernos oír a propósito, pero sí vivir la sexualidad sin esconderla. Si nos pillan in fraganti, nos podemos cubrir un poco, pero no hace falta que disimulemos haciéndoles ver que estábamos haciendo otra cosa diferente (simulando como que leemos, por ejemplo). Podemos explicarles tranquilamente que papá y mamá estaban haciendo el amor, que es algo bonito que hacen los adultos cuando se quieren.

Si en otro escenario llegaran a preguntarnos si nosotros tenemos relaciones sexuales, les podemos responder tranquilamente que sí, y que además es una de las partes más bonitas de una relación de pareja (entre adultos).

Y si nos preguntan cómo se hacen los niños, podemos explicárselo tan detalladamente como creamos que alcanza su entendimiento hasta que queden sus preguntas resueltas. ¡Y en este caso es especialmente importante llamar a las cosas por su nombre!

Cuáles son mis límites Pero en temas de sexo, como en todo, lo que vale es ser auténtico. Cada uno de nosotros hemos tenido una educación más o menos abierta en relación al sexo y nos podemos sentir más o menos cómodos hablando de sexo. En caso de tener problemas en este sentido, se puede expresar abiertamente y derivar las explicaciones que requieran a otra persona o remitirlos a un libro (que les facilitaremos), o decirle que ese tema tendrá que esclarecerlo por su cuenta.

Nuestros límites también juegan un papel en la relación física que tengamos con nuestros hijos. Permitir que nuestros hijos nos vean desnudos, nos acompañen al baño, nos den conversación mientras nos duchamos, nos metan la mano por el escote buscando el pecho, por ejemplo, es nuestra elección. Será normal y natural en la medida en que a nosotros así nos lo parezca, pero no tenemos que hacerlo si eso nos hace sentir incómodos. El límite está allí, donde nuestro cuerpo diga “basta”.

Lo importante es que los niños sepan que pueden preguntar sin temor, para ello se ha de lograr que sientan libertad para plantear dudas, sin miedo a ser descalificados o censurados, o a despertar una reacción negativa en los padres. Cuánto más abierta y fluida sea la comunicación con ellos, también en estos temas de sexo y de relaciones, más probabilidades tenemos de que nuestros hijos acudan a nosotros en caso de problemas, preocupaciones o cuando vayan en busca de información. Las oportunidades las tenemos a raudales: desde una escena repentina de sexo en una película; a una mujer de pecho voluminoso paseando en “top less” por la playa junto a su amiga escuálida y plana como una tabla; o toparnos con una pareja gay besándose por la calle. Podemos optar por ver estas situaciones como una oportunidad para hablar a nuestros hijos de las relaciones, de la singularidad de cada persona o de las diversas formas de manifestación del amor, o bien, mirar hacia el otro lado (levantarnos a llevar los platos a la cocina, ponernos a ordenar las revistas,…) y hacer como que no se ha visto nada.

Por último, quiero hacer hincapié en que la educación sexual tiene que ser la misma para los niños y niñas, pues estas tienen el mismo derecho a vivir una sexualidad plena. Me gustaría insistir también en que cada niño tiene que saber que es único y completo en sí mismo. No importa su complexión física, cómo le guste vestirse y a qué juegos jugar, dejándoles que vivan su género y su identidad sexual tal y como la sienten.